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TOM-13-2 (ADAPTADA-TERMINADA)
martes, 23 de agosto de 2016
lunes, 22 de agosto de 2016
CINCO-FINAL
Belinda
se aferraba a su independencia, pero si esperaba que Tom intentara hacerle
cambiar
de opinión, iba a llevarse una gran decepción. Tom iba con frecuencia a hablar
con
los niños y se llevaba Kells consigo para que Belinda pudiera verlo. Se
mostraba
abierto
y cordial, igual que al principio, pero guardaba las distancias.
—Supongo
que ya estarás haciendo el equipaje —comentó él unos días antes de que
acabaran
las vacaciones de Belinda, estando los dos en el porche de la cabaña—. ¿Tienes
ganas
de marcharte?
—No
muchas —dijo ella con cautela—. Ha sido una experiencia tremendamente
positiva.
Pero tengo que volver al trabajo. Las vacaciones no pueden durar para
siempre.
—No
serían tan divertidas si duraran para siempre —respondió él, recorriéndole el
cuerpo
con la mirada—. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó bruscamente.
Ella
parpadeó, sorprendida.
—Veintisiete.
Tom
entornó la mirada.
—Cuanto
mayor seas, más difícil te resultará abandonar tu independencia. Acabarás
encerrada
en un cascarón del que no saldrás nunca más.
Belinda
lo miró furiosa.
—Es
mi cascarón.
—Es
una lástima desperdiciar tu juventud en un trabajo, por importante que éste sea
—
dijo
él—. Muchas mujeres son capaces de alternar matrimonio con una carrera
profesional,
e incluso con los hijos. No es imposible, especialmente con una pareja que
está
deseando comprometerse.
—Yo
no quiero comprometerme —declaró ella echando fuego por sus ojos verdes—.Ya
te
lo he dicho. Soy feliz con lo que tengo.
—
¿Tienes un gato?
Ella
lo miró con el ceño fruncido.
—
¿Para qué necesito un gato?
—Para
tener compañía —respondió él—. No puedes seguir viviendo sin nadie. Te
sentirás
muy sola.
—
¡Odio los gatos!
—Mentirosa.
Ella
soltó un suspiro de frustración.
—De
acuerdo, no odio a los gatos, pero no tengo tiempo para ocuparme de una
mascota.
—Podrías
comprarte uno de esos chismes japoneses a los que tienes que darles de
comer
y limpiar —sugirió él.
—No
quiero una mascota electrónica.
—Yo
tengo una en mi ordenador —repuso él—. Ladra, gruñe y corretea por toda la
pantalla.
Y algunos de ellos incluso evolucionan.
—Magnífico.
Justo lo que necesito. Un perro para guardar mi ordenador.
—Son
encantadores.
Belinda
odiaba ser incapaz de apartar la mirada sus largas piernas, sus esbeltas
caderas
y
su amplio torso. Era un hombre muy sexy y ella se sentía irresistiblemente
atraída.
Pero
no podía flaquear ahora. ¡No cuando estaba a punto de alejarse de él para
siempre!
—Acabarán
haciendo animales electrónicos de tamaño natural a los que tengas que
cuidar
como si fueran reales. ¿Qué tienen de malo los animales verdad?
—
Dímelo tú, cariño —murmuró él suavemente, y se echó a reír al ver cómo ella se
ruborizaba—.
Eres tú la que no quiere casarse.
—¿Y sólo porque no quiera
casarme debo tener una mascota electrónica?
Tom
esbozó una lenta sonrisa.
—Así
tendrías algo a lo que colmar de afecto.
Algo que te hiciera compañía. Algo a lo que abrazar...
—
¡Me gustaría verte a ti abrazando a un perro electrónico!
El
se apartó repentinamente del poste en el que estaba apoyado y se detuvo a
escasos
centímetros
de ella.
—Me
gustaría abrazarte a ti, Belinda —dijo con suavidad—. Podríamos sentarnos en el
sofá
y juntos ver la televisión después del trabajo. Podríamos tumbarnos en mi
hamaca
durante
las tardes de verano y besarnos el uno al otro con el canto de los grillos de
fondo.
Podríamos compartir café y tarta a las dos de la mañana cuando no pudiéramos
conciliar
el sueño. ¿Crees que podrías hacer algo así con una mascota electrónica o con
tu
bloc
notas?
El
corazón de Belinda le latía dolorosamente en el pecho. Levantó la mirada y lo
miró
con
ojos muy abiertos y llenos de angustia.
—
¡Estoy asustada! —exclamó.
—Lo
sé, y sé por qué lo estás —dijo él, tocándole la mejilla con la punta de los
dedos—
Yo
también me siento incómodo. Es un paso muy grande el que hay entre la amistad y
la
intimidad. Pero tenemos muchas cosas en común, y no me refiero sólo al ganado —
los
dedos llegaron su boca—. No lo eches a perder por culpa de un trabajo.
Ella
se retiró, como si el tacto de sus dedos la abrasara.
—No
quiero... no quiero pertenecer a nadie—espetó—. Si mantengo mi independencia,
nunca
más volveré a sufrir.
—Tal
vez no —corroboró él—. Pero nunca sabrás lo que es realmente el amor. Tienes un
gran
corazón. Has dedicado tu tiempo y tus energías a esos chicos. ¿Por qué te
resulta
tan
duro hacer lo mismo con un hombre?
Ella
puso una mueca de dolor.
—El
amor no dura para siempre —gimió.
—
Claro que sí —replicó él—. Si te comprometes, puede durar para siempre. En esta
vida
nada viene con una garantía absoluta, pero las personas afines suelen acabar
divorciándose.
Intenta fijarte en parejas de ancianos, en esos matrimonios que están
juntos
durante cincuenta años o más. Creo que el amor puede durar, si le das una
oportunidad.
Belinda
suspiró pesadamente.
—Yo
no lo creo —dijo—. Lo siento. Para mí no es más que un cuento de hadas. En la
vida
real
no hay finales felices.
—No
seas tan cínica —la reprendió él—. Arriésgate. Atrévete con todo.
—No
me gusta el juego —replicó ella—. Soy una mujer normal y conservadora sin el
menor
gusto por el riesgo y la aventura. Jamás me arriesgo a nada.
Él
sacudió tristemente la cabeza.
—Es
una lástima. Tienes mucho que ofrecer, Belinda. Pero estás encerrada en tus
propios
miedos.
—
¡Yo no tengo miedo de nada! —espetó ella.
—Salvo
del amor.
Belinda
empezó a protestar, pero no pudo encontrar las palabras adecuadas.
El
le tocó la nariz con el dedo índice y sonrió.
—Tú
puedes ser de las que abandonan, pero yo no. Sigue huyendo, cariño. Cuando te
canses
de correr, yo seguiré estando aquí.
—
¿Por qué? —preguntó ella con la voz ahogada por la angustia.
Tom
adoptó una expresión muy seria y sus ojos destellaron en su esbelto rostro.
—Por
ti merece la pena luchar, ¿no lo sabías?, yo puedo ser muy testarudo cuando
deseo
algo.
—
¡Eso es sólo atracción física! —masculló ella.
—No.
—Yo
soy diferente. No soy como las demás mujeres.
—Desde
luego que no eres como las demás corroboró él. —Le hizo levantar la barbilla y
le
dio
un beso fugaz en los labios—. Bien... no es tan duro el cascarón. Pero no cometas
el
error
de pensar que me retiraré. Soy como una pelota de goma. Reboto en todas partes
y
vuelvo
a la carga.
—No
cambiaré de opinión —dijo ella entre dientes.
Tom
se limitó a soltar una carcajada. Se subió a la camioneta y se alejó.
—
¡No cambiaré! —gritó ella.
No
fue hasta que se dio cuenta de que los niños la estaban mirando cuando se dio
la
vuelta
y entró en la cabaña.
Los
dos días siguientes pasaron muy rápidamente, no sólo para Belinda sino también
para
Kells. El muchacho estaba casi llorando cuando subió a la furgoneta para el
largo
viaje
de vuelta a Houston. Los hombres del rancho acudieron en masa para estrecharle
la
mano y desearle suerte.
—Te
veré el verano que viene —le dijo uno de los más viejos—. ¡Y no te metas en
problemas!
—No
lo haré, señor —prometió Kells con una triste sonrisa—.Voy a echarlos mucho de
menos.
—Y
nosotros a ti, hijo —dijo otro vaquero—. Ahora tienes que estudiar mucho. Ahora
ser
vaquero es mucho más difícil que antes. ¡Necesitas una buena educación hasta
para
llevar
las cuentas!
—
Lo recordaré —dijo Kells.
Tom
estaba de pie junto al asiento del conductor, donde Belinda intentaba mostrarse
alegre
y animada, sin éxito. Lo miró a sus ojos cafeces y sintió cómo el corazón se le
encogía
de dolor. El se mostraba amable y cordial, pero al mismo tiempo muy distante,
como
si no sintiera nada por ella.
Su
actitud la desconcertaba, pero hizo lo posible por no aparentarlo.
—Gracias
por todo —le dijo con una sonrisa forzada—. No lo habría conseguido sin tu
ayuda.
El
miró a los niños y se despidió de ellos con la mano mientras subían a la
furgoneta.
—Tienes
un buen grupo. Como ya te dije, si el verano que viene vuelves por aquí...
—No...
no creo que vuelva —dijo ella, habiendo tomado esa dolorosa determinación la
noche
anterior—.Voy a vender la finca. Si eres rápido, tal vez puedas comprarla antes
que
el Sr. Parks.
Tom
la miró por un momento sin decir nada.
—Creía
que habías decidido que el campamento era una buena idea.
Ella
negó con la cabeza.
—Demasiados
imprevistos —respondió—. De no ser por ti, Kells habría acabado en la
cárcel.
No imaginaba dónde me estaba metiendo, aunque ha resultado mejor de lo que
esperaba
—mantuvo la vista fija en el botón superior de su camisa en vez de mirarlo a
la
cara—. He decidido que debo dejar los campamentos especiales a la gente que
sepa lo
que
haga. He estado a punto de provocar un desastre, aunque mis intenciones no
podían
ser mejores.
—
Es curioso. Pensaba que habías hecho un gran trabajo —observó él.
Ella
esbozó una media sonrisa.
—Tendremos
que esperar para comprobarlo.
—Supongo
que te alegras de marcharte —dijo él con una mueca.
Belinda
dudó. Estuvo a punto de decir que se sentía sola y vacía y que no se alegraba
en
absoluto
de marcharse. Pero el momento pasó.
—Sí...
—respondió—. Me alegro de volver al trabajo. Gracias de nuevo —añadió,
extendiendo
la mano.
Él
se la tomó y vio cómo ella contenía la respiración al tocarla. Sabía que
Belinda sentía
algo
por él, algo muy fuerte. Pero estaba muerta de miedo.
Así
demostraban la frialdad de sus dedos y su mirada esquiva.
—No
hay recompensa sin riesgo —dijo en voz baja.
Ella
levantó la vista y clavó la mirada en sus ojos.
—Mis
padres...
—Tú
no eres como tus padres —la cortó él—. Ni yo soy como los míos. La vida es un
riesgo.
Todo es un riesgo. Si nunca tientas la suerte, ¿cómo encontrarás algo que
merezca
la pena? Estarás abocada a la monotonía.
—
No me gustan los riesgos —dijo ella en tono cortante.
—Podrían
llegar a gustarte —le aseguró él—. Pero supongo que tendrás que
averiguarlo
por las malas.
—Es
mi elección. No puedes decirme como tengo que vivir mi vida.
—No
puedo, ¿eh?
—No,
no puedes —insistió ella con firmeza— Y ahora me marcho. Me vuelvo a mi vida
y
a mi trabajo.
—Y
eso es todo lo que necesitas para ser feliz ¿no?
—
¡Eso es! Me alegro de que finalmente lo entiendas.
El
esbozó una extraña sonrisa, fría y calculadora.
—Entiendo
más de lo que crees. Bueno, ya que estás tan decidida a marcharte, aquí
tienes
algo para que te lleves a Houston y a tu trabajo perfecto.
Se
movió hacia delante y la atrajo contra él, doblándola sobre su brazo como en
una
escena
clásica de Hollywood. Soltó una carcajada maliciosa y la besó apasionadamente
hasta
que Belinda sintió que se derretía en sus brazos y que el cuerpo le palpitaba
al
entrar
en contacto con su fuerza masculina. Cuando la soltó, estaba temblorosa y
jadeante,
y Tom tuvo que sostenerla para que no se derrumbara.
Varios
segundos más tarde, subió con dificultad a la furgoneta y consiguió meter la
llave
en el contacto, vitoreada por los gritos de los niños.
—Apuesto
a que le gustan las películas clásicas— dijo Kells alegremente.
—
¿No podéis guardar silencio? —espetó Belinda—. Tenemos que irnos. ¡Adiós, señor
Kaulitz!
Él
se quitó el sombrero e hizo una reverencia burlona.
—
¡Au revoir, señorita Jessup! —se despidió.
Ella
pisó con fuerza el acelerador y la furgoneta salió disparada hacia la verja.
Tom se
quedó
riendo. La pesca era una de sus aficiones favoritas, y aquél era el torneo de
su
vida.
Iba a conseguir aquel trofeo tan escurridizo. Necesitaría paciencia y fortaleza,
pero
nunca le habían faltado esas dos cualidades.
Volvió
a ponerse el sombrero y se dirigió silbando hacia el granero.
Las
dos primeras semanas que Belinda pasó en Houston estuvieron dominadas por un
nuevo
vacío en su vida. No había pensado en lo sola que estaría una vez que dejara a
los
niños. Se había acostumbrado a ellos, y ahora se sentía como si hubiera
abandonado
a
su propia familia. Y además echaba terriblemente de menos a Tom. Acababa de
salir
del
juzgado tras una mañana particularmente difícil cuando casi se chocó con Kells
al
pie
de los escalones.
El
muchacho le sonrió.
—Tengo
algo que enseñarle —dijo, sacando un manojo de papeles.
Belinda
los tomó, les echó un vistazo y soltó un gemido ahogado.
—Pero,
Kells... ¡Esto es extraordinario!
El
muchacho había obtenido un sobresaliente en Inglés, Matemáticas y Ciencias.
Kells
seguía sonriendo.
—En
casa creen que me he vuelto loco, porque lo único que hago es estudiar.
Simplemente,
los ignoro cuando están bebiendo. Me encierro en mi habitación y me
refugio
en los libros. No es tan duro. Sólo hay que estar motivado.
—Exacto,
Kells. ¡Oh, qué orgullosa estoy de ti!—exclamó.
—Gracias
—respondió él, visiblemente avergonzado—. ¿Se lo dirá al señor Kaulitz?
Belinda
se puso seria.
—No
he tenido noticias suyas.
—Podría
escribirle —insistió él.
Sí,
podría escribirle, pero no quería hacerlo.
—Supongo
que sí, teniendo en cuenta lo contento que se pondrá por conocer tus notas
—suspiró—.
Lo haré.
—Gracias,
señorita Jessup. Y gracias también por creer en mí —añadió solemnemente—
.
Nadie más lo ha hecho.
—Pues
claro que creo en ti —dijo ella con una sonrisa—.Y también el señor Kaulitz.
—Eso
es lo que me ha animado a intentarlo... Ese trabajo del próximo verano. Voy a
trabajar muy duro, señorita Jessup. Voy a aprender todo lo que pueda antes de
volver al rancho. Haré que el señor Kaulitz se sienta orgulloso de mí.
—Estoy
segura de que lo harás.
—Tengo
que irme. Estoy asistiendo a un curso español por las noches —añadió,
sorprendiéndola—.
Lo hablan un par de mexicanos en el rancho ¿sabe? ¡Hasta la vista,
señorita
Jessup!
Ella
se despidió con la mano, maravillada por la ambición del muchacho. Pensar que
sólo unos meses antes había estado a punto de acabar en prisión… ¿Cuántos
chicos como Kells se quedaban en el camino porque no tenían a nadie que los
animara y que creyera en ellos?
Se
sentía muy bien consigo misma. Si conseguía sacar de la pobreza al menos a un
chico,
su trabajo habría merecido la pena. ¿Por qué ese testarudo vaquero de
Jacobsville
no
podía comprenderlo?
Entonces
recordó que Tom le había propuesto que trabajara en Jacobsville, y ella le
había
respondido que no podría desempeñar un trabajo semejante en ningún otro lugar
que
no fuera Houston.
Menuda
estupidez... Por supuesto que podría trabajar en otra parte. Pero tenía miedo.
No
quería enamorarse y casarse. Sólo quería depender de sí misma. No podía
arriesgar
su
corazón.
Caminó
hasta su coche, invadida por una repentina tristeza. ¡Ojalá nunca hubiera
conocido
Tom Kaulitz!
No
fue facil ignorar la petición de Kells para escribirle una carta a Tom. Al
final,
Belinda
se vio obligada por su conciencia a mandarle una nota. Sólo fueron unas líneas
cordiales
y puntuales, no demasiado íntimas, pero le costó veinte intentos antes de dar
con
las palabras adecuadas. La envió por correo y esperó.
Pero
la respuesta no llegó del modo que había esperado. Tras una sesión
especialmente
larga
con un cliente, subió las escaleras hasta su apartamento y se encontró con un
rostro
familiar apoyado contra la pared, junto a su puerta. Llevaba un traje azul
marino
y
corbata, y su aspecto era más elegante y sofisticado que el de cualquier otro
ranchero
que
hubiera conocido.
—
¡Tom! —exclamó.
El
se echó a reír y la tomó en sus brazos para besarla vorazmente en medio del
rellano.
La
gabardina, el maletín y el bolso de Belinda cayeron desperdigados por el suelo
como
granos
de arena mientras ella lo besaba a su vez. Fue entonces cuando se dio cuenta lo
mucho
que lo había añorado.
—Por
lo que veo, sí que me has echado de menos —murmuró él antes de volver a
besarla—.
¿Qué tal si cenamos?
—Me
muero de hambre —dijo ella, sin aliento—. Pero no tengo nada para cocinar...
—Hay
un restaurante muy agradable a poca distancia de aquí. He hecho una reserva —
dijo
él—. Deja tus cosas y refréscate un poco.
Belinda
no quería apartar los brazos de su cuello, y se echó a reír por lo que estaba
sintiendo.
—Me
alegro tanto de volver a verte... —dijo, intentando comportarse con normalidad
mientras
cogía las cosas del suelo.
—Y
yo de verte a ti —respondió él con una sonrisa — Pareces cansada.
—Ha
sido una semana muy dura —dijo ella, mirándolo a los ojos antes de introducir
la
llave
en la cerradura y abrir la puerta—. En realidad, han sido unas semanas muy
duras
—añadió
sinceramente.
—Lo
sé.
Belinda
dejó sus cosas en una silla y se volvió hacia él. Tom también parecía cansado.
Durante
varios segundos, permaneció inmóvil, mirándolo. Él hizo lo mismo. Belinda
estaba
preciosa con su vestido de color beige, zapatos de tacón y su melena rubia
ondulante.
—
Si quieres cenar, tienes diez segundos para dejar de mirarme o tendré que hacer
algo
al
respecto—le advirtió.
Ella
lo deseaba desesperadamente. Pero antes había cosas que aclarar, de modo que
bajó
la
mirada y esbozó una tímida sonrisa.
—De
acuerdo —dijo—.Voy a asearme un poco.
Mientras
ella se maquillaba y perfumaba, Tom observó el ordenador de su escritorio y
sonrió
al ver el estuche de un CD con el dibujo de un perro.
—Veo
que te has comprado una mascota —le dijo cuando ella volvió al salón.
Belinda
vio a lo que se refería y se echó a reír.
—Me
pareció muy lindo. Y lo es.
—Te
lo dije. ¿Lista para salir?
Ella
asintió y agarró el bolso.
Tom
la detuvo en la puerta antes de abrir.
—¿Ese pintalabios se borra
con facilidad? —le preguntó con voz profunda.
—En
teoría no —respondió ella con un hilo de
voz.
—Vamos
a comprobarlo...
La
atrajo hacia él y le clavó la mirada hasta que Belinda sintió cómo todo el
cuerpo le
vibraba
de emoción. Entonces se inclinó hacia ella a tomar posesión de sus labios.
El
bolso de Belinda cayó al suelo por segunda vez y ella rodeó a Tom con los
brazos
mientras
él la besaba cada vez con más insistencia.
Estaba
de puntillas cuando él se detuvo. Sus ojos cafeces, más brillantes que nunca,
miraban
los suyos verdes con una mirada limpia y sincera.
Tom
estaba tan serio que la expresión de su rostro la puso nerviosa.
—Dime
que el trabajo significa más que
yo para ti y me detendré ahora, antes de que esto
llegue
más lejos —dijo él con voz hosca.
Belinda
se estremeció sólo de pensarlo y respiró temblorosamente. —Han sido
semanas...
—consiguió decir.
—Demonios,
han sido años —murmuró él, y de nuevo se inclinó
para besarla. Pero esa vez
el
beso fue fervientemente apasionado, y cuando levantó la cabeza ella estaba
temblando.
—Si
te vas, me iré contigo —dijo ella sin pensar, con el rostro encendido y los
ojos
brillantes.
—Eso
es lo que he venido a oír —murmuró él—. ¡Te ha costado mucho tiempo decirlo!
Ella
se apretó contra él, quien la rodeó con los brazos. —Sigo teniendo miedo, Tom —
confesó
en un débil susurro.
—Todo
el mundo tiene miedo. No sólo de enamorarse, sino también de casarse y tener
hijos.
.Son pasos cruciales en la vida. La gente que no teme darlos es la gente que
acaba
divorciándose.
Tienes que estar muy segura, pero aun así es un riesgo.
Ella
permaneció un minuto en silencio.
Él
volvió a abrazarla con fuerza.
—Llevo
deseando correr ese riesgo desde que te vi por primera vez... Me he pasado
toda
la vida esperando a una mujer con la que pudiera vivir ¡Y a ti ni siquiera te
gustaba!
Belinda
se echó a reír.
—Sólo
al principio —protestó.
—
¡Ja! Te resististe en todo momento —levantó cabeza y la miró fijamente—. A
Jacobsville
le vendrá bien tener una abogada —afirmó—. En todas partes hay niños con
problemas.
Ella
sonrió tristemente.
—Intentaba
apartarme —confesó—. No podían soportar la idea de estar cerca de ti si...
bueno,
si yo era la única que se sentía así.
—
¿Así cómo? —preguntó él con voz suave y sensual.
Ella
se fijó en su corbata. Era azul con estampado de cachemira... muy bonita.
—
¿Así cómo? —insistió él, acariciándola en los costados con los pulgares.
Belinda
apoyó la frente contra la suya y respiró hondo.
—Te
quiero.
Hubo
un largo e inquietante silencio. Ella levantó la cabeza con aprensión y lo miró
a
los
ojos que resplandecían de sentimiento. Pero apenas pudo verlos antes de que él
los
cerrara
y la levantara en sus brazos para volver a besarla. Belinda pudo oír cómo él le
repetía
las mismas palabras en un susurro. Y entonces dejó de intentar oír nada, salvo
los
latidos de su propio corazón.
Unos
largos y frenéticos minutos más tarde, Tom contempló a Belinda, que yacía
pegada
a él en el sofá, con el vestido desabrochado y el pelo alborotado.
Él
también tenía la camisa abierta, hacía rato que no llevaba la corbata y sus
dedos
jugueteaban
perezosamente con la melena rubia que se esparcía sobre su pecho.
—
¡Íbamos a salir a cenar —le recordó ella.
—Al
demonio con la comida. No tengo hambre.
—
Pero yo sí —dijo ella, riendo—. Sobre todo ahora..
Él
le pasó el dedo sobre el encaje del sujetador.
—Aguafiestas
—murmuró—. Justo cuando empezaba a conocerte de verdad...
—Ella
volvió a reírse y le aparto la mano para poder brocharse el vestido.
—
Para de una vez —le ordenó en tono jocoso.
—
¿Que pare? ¡Si ni siquiera he empezado! —protestó él.
—
Tendremos mucho tiempo para eso —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Quiero una
boda
de blanco. ¿Te importa?
—
Yo también quiero una boda de blanco —corroboró él con una sonrisa—. Una boda
con
todo lo necesario. Testigos, padrinos, y mi sobrina llevará la cesta de las
flores,
naturalmente
—añadió riendo.
—Mi
cuñada será la dama de honor —dijo ella, soltó una carcajada al imaginarse a
Marianne
vestida para la ocasión.
—Será
todo un acontecimiento —dijo él. —Luego criaremos ganado, tendremos hijos y
envejeceremos
juntos.
Ella
se apretó contra él, sintiendo el corazón henchido de alegría.
—Me
encanta cómo suena eso.
—Y
a mí. Pero envejeceremos muy lentamente si no te importa. Aún tengo mucha
pasión
que dar...
—Ya
me he dado cuenta —dijo ella en tono recatado.
Él
la miró con atención.
—
¿En serio? —murmuró, recorriéndola sensualmente con la mirada.
—Te
quiero —susurró ella.
—Y
yo a ti —respondió él con una lenta sonrisa. Fue lo último que dijeron durante
las
horas
siguientes.
Tal
y como Tom había predicho, la boda fue todo un acontecimiento en Jacobsville.
Acudió
todo el mundo, incluido Cy Parks, vestido con esmoquin y portando un regalo
de
bodas. Ward Jessup y una Marianne en avanzado estado de gestación también
estuvieron
presentes, junto a Lillian, la tía de Marianne. Elysia Kaulitz Walter y su
marido,
Bill, le dieron la bienvenida en la familia a Belinda, y su hija Crissy fue la
encargada
de llevar la cesta de las flores. Belinda estaba preciosa con un traje blanco
de
encaje
con cola y velo. Llevaba un ramo de rosas blancas y no pudo contener las
lágrimas
cuando su marido le levantó el delicado velo de encaje y la vio por primera
vez
como su legítima esposa.
En
el exterior de la iglesia, los vaqueros del rancho formaron un pasillo y
arrojaron
confeti
cuando la pareja feliz salió por la puerta. Uno de ellos acababa de graduarse
en
el
instituto y era el empleado más joven del rancho. Llevaba un sombrero, un
pañuelo
rojo,
una camisa de cambray y lucía una radiante sonrisa.., y su nombre era Edwards
Kells.
Los
recién casados lo saludaron con la mano mientras marchaban hacia la limusina
que
los
llevaría al rancho, donde se cambiarían de ropa antes ir al banquete que Matt
Cadwell
celebraba en su elegante mansión a las afueras de Jacobsville.
Una
vez en el interior del vehículo, Tom contempló a Belinda con los ojos llenos de
Sentimiento.
—El
mejor día de mi vida, señora Kaulitz.
—El
mejor día de mi vida, señor Kaulitz —repitió ella.
Aquellas
palabras expresaban su juramento de amor eterno y la promesa de un futuro
compartido
lleno de felicidad.
HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL ... ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO ... BUENO AHORA SIGUE EL DOCTOR COLTRAIN .. NO SE SI SE ACUERDAN DE EL .. SALIO EN LA NOVELA PASADA "UN HOMBRE MUY ESPECIAL" .. ESPERO QUE SI PORQUE AHORA VIENE SU HISTORIA :D ... BUENO SIN MAS ME DESPIDO ... HASTA LA PROXIMA :))
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: LUKE CRAIG
SERIE HOMBRES DE TAXAS :)
domingo, 21 de agosto de 2016
CUATRO-PENULTIMO
Durante
los dos días siguientes, Belinda estuvo muy ocupada con el resto del grupo,
llevándolos
a nadar y pescar. Eran como presos a los que de repente les hubieran
concedido
la libertad, pudiendo disfrutar de la naturaleza que los rodeaba sin reglas ni
horarios
que los agobiaran. Para ellos eran más que unas vacaciones; era una ventana a
un
mundo nuevo. Con un poco de suerte, la experiencia quizá les sirviera para
volver a
casa
con nuevos objetivos y esperanzas.
Dos
días después de la marcha de Kells, se subieron todos a la furgoneta y fueron
al
rancho
de Tom a ver cómo se las estaba arreglando el miembro mayor del grupo.
Apenas
lo reconocieron. Llevaba botas nuevas, vaqueros, camisa y sombrero, y les
sonrió
desde la valla del corral, mostrando unos dientes blancos y relucientes.
—
¡Eh! —los llamó, saltando al suelo y corriendo hacia ellos—. Señorita Jessup,
esta
mañana
monté a caballo... ¡y el señor Kaulitz me permitió echarle el lazo a un buey!
El
caballo
se llama Bandy y está entrenado para guiar al ganado, así que sólo hay que
sentarse
en la silla y dejar que él lo haga todo. ¡Es un caballo muy inteligente!
—Bueno,
está claro que el caballo se cree muy listo —interrumpió Tom, uniéndose al
grupo—.
¿Qué te parece mi nuevo vaquero? —le preguntó a Belinda—. Le queda bien esa
ropa,
¿verdad?
—
Desde luego —respondió Belinda con una sonrisa. —Me gustaría tener una foto
suya
vestido
así.
—Esta
mañana le saqué una —respondió él—. Así tendrá algo que enseñar
cuando
vuelva a Houston.
—Voy
a trabajar muy duro, señorita Jessup —dijo Kells, muy serio—. Más duro de lo
que nunca he trabajado. Ahora que tengo un objetivo claro, la escuela no será
tan horrible.
—Te
voy a contar un secreto, Kells —dijo Tom—. La escuela también me resultaba
horrible
a mí. Pero conseguí acabar los estudios, y lo mismo harás tú.
—
Mi verdadero nombre es Ed ‐dijo
Kells tranquilamente—. Pero nunca se lo digo
a
nadie.
Tom
sonrió.
—
¿Es así como quieres que te llame?
Kells
dudó.
—¿Qué
tal Eddie? Como Eddie Murphy. Me gusta mucho ese actor.
—A
mí también me gusta Eddie Murphy —respondió Tom—. No me he perdido ni una
sola
de sus películas.
—Yo
lo vi una vez —intervino Belinda—. En Cancún, México, donde estaba de
vacaciones.
Es tan agradable en persona como parece en pantalla.
—
¿Hablaste con él? —le preguntó Kells.
Ella
negó con la cabeza.
—Era
demasiado tímida.
Tom
se apartó el sombrero de la cabeza y la miró atentamente.
—Con
que tímida, ¿eh?
Ella
lo miró con dureza.
—
¡Sí, tímida! ¡Y lo sigo siendo de vez en cuando.
El
concentró la mirada en su boca.
—
¿Y ahora lo eres?
Belinda
se puso colorada.
—
¿Crees que podríamos ver las vacas Holstein de las que hablaste el otro día?
—Claro
que sí! —respondió él de inmediato. Kells, ¿podrías llevar a los niños al pasto
y
explicarles
por qué nos gusta tener Holsteins como vacas lecheras?
El
joven esbozó una radiante sonrisa.
—Por
supuesto, señor Kaulitz, Vamos chicos. Seguidme.
El
grupo lo siguió, impresionado.
—
¿Por qué no puedo ir yo también? —preguntó Belinda.
—Porque
para ti tengo otros planes, señorita Jessup —repuso él. La tomó de la mano y
la
llevó hasta la casa.
—
¿Qué tipo de planes? —preguntó ella con suspicacia.
Él
se detuvo y le dedicó una enigmática sonrisa. — ¿Tú qué crees? —le murmuró y se
acercó
para rozarle la boca con sus labios, de modo que cuando habló ella pudo sentir
su
fresco aliento a menta—. Estaba pensando en lo grande y cómodo que es el sofá
del
salón...
Ella
apenas podía respirar. El corazón le latía desbocado contra las costillas.
—
O….—añadió él, levantando la cabeza—, podría estar pensando en algo más
inocente.
¿Por qué no vienes conmigo y lo averiguas?
Volvió
a tirarle de la mano y ella lo siguió, justo cuando se había dicho a sí misma
que
no
iba a hacerlo.
Tom
le hizo subir los escalones del porche y entrar en la casa. Estaba fresca y
aireada,
con
un mobiliario de tonalidades claras y cortinas blancas. La cocina era grande y
espaciosa,
con muebles blancos y amarillos.
—
Es muy bonita —dijo Belinda sin pensarlo, girándose sobre mí misma.
—
¿Sabes cocinar? —le preguntó él.
—Un
poco. No se me da muy bien hacer dulces pero sí sé hacer galletas y panecillos.
—Yo
también, cuando me pongo a ello —afirmó él. Se sentó junto a la mesa de la
cocina
y
cruzó las piernas—. ¿Sabes hacer café?
—El
mejor —respondió ella con una sonrisa.
—Comprobémoslo.
Le
señaló el armario que contenía el café, los filtros y la cafetera y se dispuso
a ver cómo
se
desenvolvía en la cocina.
—Hay
pastel de chocolate ahí —dijo, señalando un inmenso recipiente—. Mi hermana
lo
trajo ayer, Siempre intenta sobornarme cuando quiere algo.
—
¿Y qué quería?
—Alguien
que hiciera de canguro —respondió. Tengo que quedarme con sus hijos para
que
Bill y ella puedan ir a la ópera, en el Metropolitan Nueva York. Estarán toda
la
noche
fuera.
—Tienen
que gustarte mucho los niños —observó ella.
—Me
gustan más cuanto más viejo soy —dijo el— Cada vez pienso más en tener mis
propios
hijos. Después de todo, alguien tendrá que heredar rancho cuando yo me haya
ido.
—
¿Y si a tus hijos no les gusta vivir en un rancho?
Tom
puso una mueca de disgusto.
—Esa
es una idea horrible.
—A
muchas personas no les gustan los animales. Yo he conocido a unas cuantas.
—Y
yo. Pero muy pocas.
—Podría
darse el caso. ¿Qué harías entonces? ¿Qué pasaría con tus planes dinásticos?
—Supongo
que se esfumarían con la brisa —dijo. Dejó caer el sombrero al suelo, junto a
la
silla, y miró fijamente a Belinda hasta que ésta se sintió incómoda. El sonido
de la
cafetera
hirviendo rompió el tenso silencio—.Ven aquí.
Ella
permaneció donde estaba, confundida. Los ojos cafés de Tom destellaron, y algo
en
su expresión hizo que a Belinda le temblaran las rodillas. La estaba
hipnotizando.
—He
dicho que vengas —repitió suavemente en un sensual susurro.
Ella
caminó hacia él, sintiendo en el corazón cada paso que daba. Aquello era una
locura.
No conocía a aquel hombre. Se estaba dejando arrastrar a….
Él
la agarró y tiró de ella hacia su regazo. Antes que Belinda pudiera articular
palabra,
le
había apoyado la cabeza contra su hombro y la estaba besando como si su vida
dependiera
de ello.
Ella
cedió a lo inevitable. Era un hombre fuerte y seguro, y cualquier mujer
respondería
de
la misma manera. Nunca se había dado cuenta de lo mucho que dos personas
podían
intimar en tan poco tiempo.
Los
brazos de Tom se contrajeron alrededor de ella. Pero entonces la soltó
repentinamente
y se levantó. Tenía la expresión más dura que ella había visto en su
vida.
El la agarró por los brazos y la miró fijamente a sus ojos verdes.
—Creo
que deberíamos dejar que el café termine de hacerse —dijo con voz ronca—.
Vamos
buscar a los niños.
—De
acuerdo.
Lo
siguió a la puerta, fijándose en sus movimientos mientras recogía el sombrero y
se lo
volvía
a colocar en la cabeza. Avanzaba delante de ella, manteniendo cierta distancia.
Belinda
se sentía muy incómoda, y se preguntó si había sido demasiado tolerante al
querer
complacerlo. Tal vez debería haberlo apartado, o haber protestado. Obviamente,
algo
había hecho mal.
El
abrió la puerta y ella se dispuso a salir, pero Tom le puso un brazo delante,
bloqueándole
el paso.
—Me
ha encantado —murmuró—. Pero tenemos que ir despacio. No me gustan las
aventuras
pasajeras más que a ti.
—Oh...
—fue lo único que pudo articular ella y mantuvo la vista fija en su brazo, en
vez
de
mirarlo a la cara.
El
le hizo levantar el rostro con una mano en la barbilla.
—Si
quisiera perderte de vista, te lo diría claramente —recalcó, y se inclinó para
rozarle
ligeramente
la boca con los labios—. Pero no puedes tragarte de golpe un postre exótico
—susurró—.
Tienes que tomarte tu tiempo para saborearlo, paladearlo y hacer que
dure...
—le mordisqueó suavemente el labio inferior—. ¿Y si fuera a verte a Houston
cuando
acabe el campamento? Podríamos ir al teatro, al ballet, incluso a un rodeo, si
quieres.
Mis gustos son muy flexibles. Me gusta todo.
—Y
a mí —dijo ella con voz jadeante—. Me encanta la ópera.
—Entonces
iremos un día a NuevaYork con Bill y Elysia y visitaremos el
Metropolitan
Opera House.
—Sólo
he estado una vez allí —dijo ella—. Me encantó.
—Es
inolvidable —corroboró él—. El escenario y los
efectos especiales son tan
formidables
como la misma ópera.
Ella
le pasó un dedo por la camisa.
—Me
gustaría salir contigo.
—Entonces
tengamos una cita —dijo él, y miró a los chicos, que parecían estar
recibiendo
un sermón de Kells—. Aunque no será muy sencillo salir con toda esa pandilla,
ni
siquiera al cine —añadió, riendo. —Acabarían con las existencias
de palomitas.
—Supongo
—dijo ella, tocándole el brazo. Le gustaba sentir su fuerza próxima a ella—.
Eres
muy bueno con ellos, especialmente con Kells.
—Lo
ha pasado muy mal en la vida. Igual que los demás, pero en él se nota más.
¿Sabes
que
los chicos del barracón lo han aceptado enseguida? Uno de ellos me dijo que era
halagador
tener a un joven pidiéndole información en vez de presumiendo de ella. Les
hace
sentirse importante—puso una mueca con los labios—. Me pregunto si será
consciente
del bien que puede hacer a los demás. Incluso a Cy Parks, quien odia a todo
el
mundo.
—Está
descubriendo que tiene virtudes que desconocía y que puede potenciar. Pero no
sé
si habría llegado tan pronto a ese punto si tú no hubieras intervenido. Gracias,
Tom.
El
se limitó a encogerse de hombros.
—Yo
también saldré beneficiado de su entusiasmo. Realmente le encanta el ganado.
Ella
lo miró con atención.
—Y
a ti también.
Tom
sonrió.
—Cuando
era niño, lo que más deseaba por encima de todo era convertirme en un
vaquero.
Uno de nuestros vaqueros había sido una estrella del rodeo. Me sentaba con él
y
le escuchaba hablar durante horas.
—Nosotros
también teníamos un vaquero así el rancho de mi hermano —dijo ella—. A
Ward
y mí nos gustaba mucho, hasta que tuvo una aventura con nuestra madre.
Tom
frunció el ceño.
—
¿Qué?
Belinda
suspiró.
—Será
mejor que lo sepas... Nuestra madre era muy promiscua. Finalmente se marchó
con
una de sus conquistas y nosotros tuvimos que quedarnos y soportar los
comentarios
y cotilleos. Ravine es tan pequeño como Jacobsville, así que te podrás
imaginar
cómo fue. Aunque para Ward fue mucho más duro que para mí.
—Hay
muchos niños desgraciados en el mundo— comentó
él.
—Ya
me he dado cuenta de eso.
—
¿Por eso no pasas mucho tiempo en el rancho de tu hermano?
Belinda
se echó a reír.
—No.
La razón es porque su ama de llaves... perdon, ahora es su tía política.
Lillian es una
casamentera.
Un día trajo a su sobrina Marianne de Georgia con algún pretexto absurdo
y
Ward se enamoró de ella. Se negaba a sentir nada, por lo que las cosas se
pusieron
dificiles
hasta que finalmente admitió que no podía vivir sin ella. Mariannee lo ha
cambiado.
Ya no es el hombre duro y despiadado que era antes de casarse. Y Lillian,
viendo
el éxito que había tenido con su jugada, se ha propuesto hacer lo mismo
conmigo
—sonrió—. No me gustan los pretendientes que elige para mí, así que me
mantengo
lejos del rancho.
—
¿Qué tipo de hombres te busca?
—Mecánicos
grandes y rudos y cualquier chico de reparto que se acerque a menos de
un
kilómetro del rancho.
Tom
arqueó las cejas.
—No
parece que estés tan desesperada...
—Gracias.
¿Por qué no le escribes a Lillian y lo cuentas?
El
sonrió.
—Dame
tiempo. Me ocuparé de ese problema de la forma más natural.
Ella
se preguntó qué quería decir, pero no se sentía lo bastante segura para
preguntárselo.
Sonrió y salió por la puerta.
En
los días siguientes, Tom visitaba a menudo el campamento. A veces llevaba a
Kells
y
otras iba solo. Les enseñó a los niños a encender una hoguera, a poner trampas
y a
vivir
de la tierra.
—La
gente de la ciudad dice que estas habilidades son anticuadas y que hoy día no
sirven
para nada —les dijo al grupo después de haber encendido una pequeña
hoguera—.
Pero ¿y si un día se acaba el petróleo y nos quedamos sin electricidad? La
comida
congelada se echaría a perder. Los ordenadores no funcionarían y tampoco los
teléfonos.
Los coches serían inservibles, las casas no tendrían calefacción ni aire
acondicionado...
Los únicos que podrían sobrevivir serían aquéllos que puedan vivir de
la
tierra.., suponiendo que aún quede algo de tierra sin urbanizar.
Juanito,
el chico indio, tocó un montón de ramitas que Tom había reunido para alimentar
el fuego.
—Mi
tío dice lo mismo —dijo—. Pero él sabe poner trampas y encontrar aguas en
lugares
secos. Sabe qué tipo de cactus pueden dar agua o servir de alimento, y sabe
cómo
hacer fuego sin humo. El abuelo cabalgó junto a Jerónimo.
Los
otros niños se quedaron impresionados.
—Pero
aunque sepas hacer todas esas cosas, ¿qué se puede encontrar en la ciudad? —
preguntó
uno de ellos—. ¿Qué vas a cazar en Houston?
—
Chicas —respondió uno de los chicos mayores con una pícara sonrisa.
—Tiene
razón —dijo Tom, asintiendo hacia el chico que había hecho la pregunta—. La
gente
que vive en las ciudades es la que peor va a pasarlo si alguna vez sufrimos una
crisis
energética. Recordad lo que pasó durante el último gran apagón en el oeste.
—Vi
una película sobre eso. Fue horrible —dijo niño.
—Bueno,
aún tenemos muchos dinosaurios enterrados por todas partes, así que no
creo
que fuera a ser un problema muy grave —comentó Belinda.
Su
comentario condujo a la inevitable pregunta de qué tenían que ver los
dinosaurios
muertos
con la energía, y durante varios minutos ella les explicó la evolución de los
derivados
del petróleo mientras Tom la observaba y escuchaba atentamente.
Más
tarde, cuando los niños se fueron a acostarse y él estaba listo para volver al
rancho,
se
detuvo con ella junto a la camioneta.
—Sabes
hablar muy bien —la alabó.
—Gracias
—dijo ella, sorprendida—. Algunos dirían que tengo la boca muy grande y
que
no puedo mantenerla cerrada.
El
le tomó la mano y se la llevó al pecho
—Me
gusta cómo tratas a los niños —le dijo tranquilamente. —. Nunca te diriges a
ellos
con desprecio ni los haces sentirse estúpidos por hacer preguntas.
—Eso
intento —corroboró ella—. Sufrí ese desprecio en el colegio, y no me gustó.
—A
mí tampoco —dijo él, pasándole el pulgar por sus uñas, cortas y cuidadas—.
Tienes
unas manos muy bonitas
—Y
tú también —respondió ella. Le gustaba la fuerza de sus manos y sentir cómo el
corazón
daba un vuelco cada vez que la tocaba. Levantó mirada hacia él, intentando ver
su
rostro a la débil luz que salia de la cabaña.
Tom
se echó a reír.
—Estaba
pensando en lo curiosa que es la vida —le dijo—. Creí que iba a volverme loco
cuando
me enteré de que una lunática iba a montar un campamento de verano para
unos
niños delincuentes justo al lado de mi rancho.
—
Lo recuerdo —afirmó ella, riendo.
—Todo
ha resultado sorprendente, sobre todo Kells —dijo, sacudiendo la cabeza—.
Menuda
joya ha demostrado ser. Y ese Juanito, cuyo abuelo cabalgó junto a Jerónimo...
Son
unos chicos muy interesantes, y no se parecen en nada a lo que había imaginado.
—Son
únicos —dijo ella—. Pero por cada triunfo he tenido tres fracasos —añadió
tristemente—.
Cuando empecé a trabajar como abogada, creía que todos esos chicos
tenían
problemas por la situación que vivían en sus casas. Estaba equivocada. Muchos
de
ellos tienen padres que los quieren y una familia numerosa que se preocupa por
ellos,
pero no veían nada malo en robar, mentir o hacer daño a las personas. Uno de
mis
acusados
me atacó en mi despacho e intentó violarme.
Sintió
cómo Tom se ponía rígido.
—
¿Qué te hizo?
—Oh,
conozco unas cuantas técnicas de autodefensa —dijo ella, frivolizando sobre el
horror
que había sentido en su momento—, Vi mi oportunidad y casi lo convierto en
eunuco.
Pero aquello me enseñó una lección: algunos delincuentes juveniles no pueden
cambiar,
y no importa lo mucho que te esfuerces por ayudarlos. Siempre habrá un
porcentaje
que se sienta bien viviendo en contra de la ley.
—No
me gusta la idea de que puedas ser atacada—murmuró él.
Ella
sonrió.
—Me
alegro. Pero ya no soy tan ingenua como antes. Nunca tengo sesiones a puerta
cerrada
con ninguno de mis clientes. Y siempre cuento con la ayuda de una secretaria
muy
eficiente —suspiro —Pero hay momentos en los que me siento inútil Como me pasó
con
Kells en la comisaría. No sé lo que habría hecho si no hubieras sido capaz
convencer
al
señor Parks.
—Cy
no es tan malo —dijo él—. Sólo tienes que hacerle frente. Es el tipo de hombre
que
descarga,
toda su furia contra cualquiera que le tenga miedo.
—Tú
no le tuviste miedo.
Tom
se encogió de hombros.
—Aprendí
a una edad muy temprana que el miedo es el peor enemigo. Desde entonces,
no
tengo miedo a casi nada.
—Eso
he notado —dijo ella. Se inclinó hacia él y apoyó la mejilla contra su pecho,
sintiendo
que la rodeaba con los brazos. Cerró los ojos y dejó que la sostuviera,
empapándose
de los sonidos de la noche y de la cálida fuerza de su cuerpo
masculino—.
Sólo me queda una semana aquí.
Volvió
a sentir cómo se ponía rígido.
—
¿Una semana?
—Sí.
Tengo casos que atender y mis vacaciones casi han terminado.
—No
sabía que fuera tan pronto.
Ella
abrió los ojos y vio cómo se apagaba la pálida la luz del horizonte. Los
grillos
cantaban
frenéticamente en la noche.
—Me
lo he pasado tan bien que no quería estropearlo —confesó.
Los
brazos de Tom la apretaron con fuerza.
—Lo
mismo digo. Pero ya te he dicho que Houston no está tan lejos.
—
Claro que no está lejos.
Ambos
sabían que no era del todo cierto. La distancia era considerable, y Tom no
podía
abandonar
su rancho. Una relación a distancia sería muy complicada, aunque los dos
sabían
que era lo unico que podrían tener.
—
Supongo que no te gustaría trabajar en Jacobsville... —sugirió él.
Belinda
dudó un momento.
—Eso
estaría muy bien —dijo, pero se preguntó por qué aquella idea la hacía sentirse
tan
incómoda.
Tom
no sólo le estaba pidiendo que se trasladara a Jacobsville. Le estaba pidiendo
un
futuro
en común, y eso la aterrorizaba. Pensaba en el desastroso matrimonio de sus
padres.
Ward había conseguido que el suyo con Marianne saliera adelante, pero Belinda
había
estado mucho tiempo sola. No estaba lista para pensar en una vida compartida
con
nadie.
—Tenemos
un juzgado de menores —siguió él— Puede que no tengamos tantos casos
como
tu Houston, pero estarías ocupada. A muchos chicos del pueblo les vendría bien
un
buen abogado.
—En
todas partes hay chicos con el mismo problema —dijo ella—. Pero Houston es mi
hogar.
Allí tengo mi trabajo. No me sentiría cómoda empezando de cero en otro lugar, y
menos
en un pueblo pequeño.
Tom
permaneció inmóvil durante un rato, luego la apartó y dio un paso atrás.
—Tu
trabajo es muy importante para ti, ¿verdad?
Sus
palabras reflejaban una frialdad que Belinda no le había visto nunca. Pero no
podía ceder ahora. Estaba luchando por su independencia.
—Bueno...
sí, lo es. Siento que estoy empezando a hacer algo de provecho.
—
¿Es más importante de lo que podría ser el matrimonio?
—No
he pensado mucho en el matrimonio —respondió ella sin dudarlo—. Me parece
una
posibilidad muy lejana. No quiero atarme a nadie todavía.
Él
la observó con ojos fríos y calculadores.
—Entonces
sólo buscas una aventura.
Fue
como recibir una pedrada entre los ojos. Belinda ni siquiera pudo encontrar las
palabras
para expresar lo que sentía.
—No....
No quiero una aventura —balbuceó—. No tengo tiempo para eso. Tengo que
ocuparme
sola de una cantidad de trabajo suficiente para tres personas.
Tom
se apoyó contra el capó de la camioneta y siguió observándola.
—Otra
cosa que aprendí muy pronto es que el trabajo no es tan importante como las
personas—
dijo con voz gélida—. Jamás he antepuesto el trabajo a mi familia.
—Ward
siempre lo hizo —replicó ella.
—Tú
no eres tu hermano. Y has dicho que cambió desde que se casó.
—Sí,
pero yo crecí aprendiendo que hay que darlo todo en el trabajo. Mi padre nos
inculcó
esa
clase de ética desde que éramos unos críos. ¿Crees que podrías cambiar? —frunció
el
ceño.
La conversación se le estaba yendo de las manos. Ya no estaba segura de lo
que
creía. Se sentía atraída por Tom, pero él le estaba hablando como si quisiera
que
renunciara
a su trabajo y se quedara en casa todo el tiempo. Y eso era algo que ella
jamás
podría hacer. Su trabajo era demasiado importante para ella, era casi sagrado.
Tenía
una misión en la vida que no podía sacrificar para ponerse a lavar los platos y
barrer
la casa.
—No
estoy hecha para ser un ama de casa —dijo.
—
¿Nada de fregar sartenes ni cambiar pañales? —Belinda no estaba segura de ello,
pero
sabía
que él estaba siendo sarcástico.
—No
lo sé —dijo al cabo de un minuto—. Estoy realizando un trabajo muy importante,
y
no algo que pueda hacer cualquiera. Además, me gusta lo que hago. Tengo que
sentir
que
estoy contribuyendo con algo al mundo.
El
giró la cabeza y miró hacia el horizonte sin decir nada. No había contado con
eso. Se
estaba
enamorando y sabía que lo mismo le pasaba a ella. Pero estaba claro que Belinda
no
tenía previsto casarse y que tampoco quería una aventura. Eso solo les dejaba
la
posibilidad
de una amistad, cosa que para él no era suficiente.
—Nunca
he perseguido la gloria —dijo finalmente—. Me dedico a la cría de ganado. Es
lo
que me gusta hacer y con lo que me gano la vida. Pero siempre he pensado que
algún
día
sería un hombre de familia. Quiero tener hijos. Sería muy bueno con ellos, y
tendrían
todas las cosas que a mi me faltaron en mi infancia, como el amor, la seguridad
de
unos padres —se encogió de hombros—. Supongo que será un ideal anticuado en
este
mundo, pero es lo que más quiero —suspiró y desvió la mirada hacia ella—.
Bueno..,
me ha gustado teneros a ti y a los chicos aquí, a pesar de nuestro mal comienzo
—dijo
con una sonrisa—.Y si vuelves el próximo verano, podrás traer otra vez a los
niños
y yo les enseñaré más cosas del rancho. —Era tan amable y encantador... De
repente
Belinda
sintió que una puerta se cerraba. Tom iba a ser su amigo, su vecino
durante
las vacaciones y nada más. Supo entonces que no habría ópera ni visitas de fin
de
semana en Houston. Lo supo con la misma certeza que si él lo hubiera dicho en
voz
alta.
Él
asintió.
—Hasta
la vista, entonces.
—Hasta
la vista.
Belinda
vio cómo se subía a la camioneta y se alejaba sin despedirse con la mano. Era
más
que una puerta cerrada. Era el final de algo que podría haber sido maravilloso,
y
que
ella se había encargado de destrozar con unas pocas y frías palabras.
Cruzó
los brazos al pecho y se preguntó por qué se sentía obligada a decir cosas en
las
que
ni siquiera creía. Decidió que se debía a su miedo. Tenía miedo de arriesgarse,
de
casarse
y acabar como sus padres. Ella no podría serle infiel a su marido y tampoco
creía
que Tom pudiera serlo, pero había sido testigo de un matrimonio desgraciado y
estaba
asustada.
Su
trabajo le proporcionaba satisfacción y seguridad. Sabía que aquél era su
camino,
mientras
que el matrimonio sería un viaje largo y difícil a través, de un laberinto
lleno
de
peligros. Apenas conocía a Tom. ¿Y si el hombre que se mostraba en la
superficie no
era
real?
Se
dio la vuelta y entró en la cabaña. Era inútil hacer conjeturas. Se sentía sola
y vacía,
pero
sabía que era lo mejor. Estaba demasiado insegura para dar el paso final con
Tom.
El
se merecía a alguien que supiera lo que ambos querían.
3 O MAS Y AGREGO EL FINAL ... HASTA PRONTO :))
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