TRES
Su
intención había sido darle un beso breve y tentador. Pero no fue así. El tacto
de
aquella
boca tan suave fue explosivo. Contuvo la respiración y levantó ligeramente la
cabeza
para ver la expresión de desconcierto y placer en los ojos de Belinda, antes de
volver
a besarla.
Esa
vez no fue un beso fugaz ni particularmente delicado. La levantó por completo
contra
su musculosa estatura y la besó hasta quedarse sin aire. Entonces volvió a
mirarla
a los ojos con curiosidad, respirando agitadamente.
—De...
deberías bajarme al suelo —susurró ella.
—
¿Estás segura? —murmuró él.
—Sí.
Los niños...
Él
la soltó lentamente y miró hacia la puerta granero. No se veía a ninguno de los
hicos.
—Nadie
nos ve —dijo, pasándole el dedo por los labios hinchado—. Podría
acostumbrarme
a esto... —añadió en voz baja—. ¿Y tú?
Ella
tragó saliva un par de veces. Tenía que romper el contacto físico con él, antes
de
volver
a perder la cabeza.
—Sólo
estoy aquí de vacaciones —consiguió decir en una voz que no le sonó como la
suya.
—Houston
no está tan lejos —respondió él con una lenta sonrisa.
Belinda
no sabía qué decir. Se sentía desbordada por esas sensaciones que había
conseguido
reprimir, enterrar y olvidar. Su cuerpo era como un capullo de rosa que,
habiendo
sido expuesto a la lluvia, el sol y la brisa, floreciera y levantara su rostro
hacia
los
elementos. Tom era un hombre muy atractivo y tenía muchas cualidades que a ella
le
gustaban. Pero todo había sido demasiado rápido... demasiado pronto.
—Te
estoy agobiando —dijo él, viendo la confusión en sus ojos—. No quiero que sea
así,
pero admito que estoy interesado. ¿Tú no?
Ella
se tomó su tiempo para respirar y bajó la mirada a la camisa de Tom.
—
Sí.
Él
sonrió. Sentía su corazón más liviano que durante los últimos años. La tomó de
la
mano
y la llevó hacia la puerta del granero.
—
Vamos. Te enseñaré mis caballos.
Belinda
lo siguió en silencio. No podía creer que Tom hubiera hecho algo así, a plena
luz
del día y a la vista de todos. Había sido un beso apasionado, voraz, excitante.
. . Y el
contacto
de sus labios la había dejado completamente anonadada
Tom
tenía varios caballos, todos ellos Appaloosas. Le explicó las características y
les
dijo
sus nombres.
—Estoy
loco por ellos —comentó—. Soy socio de un club de Appaloosas y compartimos
la
afición por Internet. Es una raza especial.
—Todo
el mundo dice lo mismo de su raza favorita —observó ella con una sonrisa—.
Pero
entiendo por qué te gustan los Appaloosas. Son realmente preciosos.
—Cy
Parks tiene caballos árabes. Una pequeña manada, con un semental magnífico. Es
blanco
como las playas del Golfo de México. Creo que participaba en carreras, antes de
que
lo trajeran aquí.
—
¿Ese Parks es realmente un tipo tan arisco?
—Sí,
lo es —afirmó Tom—. Más te vale mantener a tu tropa lejos de su rancho. No
soporta
a los niños —añadió, sin mencionar por qué.
Belinda
dejó escapar un silbido.
—Gracias
por el aviso —dijo—. Organicé este campamento porque quería darles a esos
chicos
una vida distinta a la que tienen en la ciudad. Pero nunca me había detenido a
pensar
en los inconvenientes... Con todo, me siento más animada por el interés que
está
demostrando
Kells en el rancho. No parecía el tipo de muchacho que pudiera quedar
tan
rápidamente fascinado por el ganado, pero su interés y su entusiasmo son
sinceros.
Le
servirá para tener una ocupación.
—Se
me ha ocurrido una idea al respecto —le confesó Tom—. He pensado que podría
pedirle
que se quedara en el rancho y aprendiera el oficio mientras dure el
campamento.
Si luego decide volver después de graduarse en el instituto, yo podría
contratarlo.
Belinda
se quedó boquiabierta.
—
¿Tú harías algo así por él?
—Y
por mí mismo también —dijo él—. Es un muchacho que aprende rápido y al que le
gusta
este mundo. Un vaquero así sería muy valioso en cualquier sitio.
—Se
pondrá loco de contento.
—No
le digas nada hasta que discutamos todos los detalles —le advirtió él—. No
quiero
darle
falsas esperanzas.
—No
diré nada —prometió ella—. Se te dan los niños.
—Aprendí
con la hija de Elysia —dijo él con una risa—. La llevaba al cine, al parque y a
los
carnavales. Su padre es quien se encarga ahora de hacer esas cosas. La echo
mucho de
menos
desde que Elysia volvió a casarse. Belinda permaneció con la vista fija en los
Appaloosas.
—Deberías
casarte y tener tus propios hijos.
—
¿Sabes? Acabo de darme cuenta de eso.
Ella
no se atrevió a mirarlo. El corazón le latía
desbocado en el pecho.
El
se apartó del pasto y tiró de ella.
—Será
mejor que volvamos con los chicos, no vaya a ser que intenten montarse en el
toro
—murmuró secamente—. Aún recuerdo cómo era yo de niño.
—
¿A qué se dedicaba tu padre?
—Cuando
estaba lo bastante sobrio trabajaba en el rancho para mi abuelo, quien nos
protegió
hasta que murió. Después, todo cambió.
—Pero
tú conseguiste quedarte con el rancho.
—Tenía
ayuda. Vecinos, amigos, parientes... Todo el mundo hizo lo que pudo por
nosotros,
a pesar de mi padre. Por eso sigo aquí. Jacobsville es el tipo de lugar donde
no
eres
un simple habitante eres parte de una familia. La gente no sólo sabe quién eres
y a
qué
te dedicas, sino que también se preocupa por ti. No me imagino viviendo en otra
parte.
—Te
comprendo —murmuró ella, sintiendo su mano pequeña y vulnerable entre los
grandes
dedos de Tom. Toda ella se sentía pequeña frente a su imponente estatura,
pero
le gustaba. Le gusta mucho. ¿Cómo era posible sentirse tan fuertemente atraída
por
una persona a la que acababa de conocer?
El
la miró con una cálida sonrisa. Era una mujer bonita y luchadora, y se
preocupaba
realmente
por sus chicos. Podía imaginársela siendo madre. Sería tan fiera como una
leona
si sus hijos corrieran el menor peligro. Se sorprendió a sí mismo imaginándose
lo
que
sería tener un hijo. Quería mucho a los dos hijos de Elysia, pero tenía que
empezar
a
pensar en el futuro, en tener hijos propios que pudieran heredar el rancho
cuando él
ya
no estuviera. En el fondo, no era sorprendente que empezara a ver a Belinda desde
una
nueva perspectiva. Ella procedía de una familia ranchera y tenía un corazón de
oro.
Y
él había cubierto el cupo de mujeres para pasar un rato y sin ningún
compromiso. Era
lo
bastante viejo para empezar a buscar algo más estable.
Lo
niños se fueron tarde del rancho, tras haber dado un largo paseo a caballo que
los
dejó
a todos agotados pero felices.
—Mañana
les dolerá todo el cuerpo —dijo Tom, riendo, mientras acompañaba a Belinda a
la
furgoneta. Han usado músculos para montar que ni siquiera sabían que tenían.
Kells
ha
llevado las riendas como un profesional, ¿te has dado cuenta? Para ser un
muchacho
que
tenía miedo de los caballos aprende muy deprisa.
—Has
estado formidable con él —dijo ella—. Era el único que se me resistía, ¿sabes?
Se
mostraba
muy huraño y taciturno hasta que empecé a hablarle del ganado. Yo encontré
la
puerta y tú encontraste la llave. Ahora es un chico diferente.
—Tiene
algo en lo que centrarse —comentó él, mirando hacia la furgoneta, donde los
niños
conversaban animadamente—. No son malos chicos —añadió de repente, como si
aquello
lo sorprendiera.
—No,
no lo son —corroboró ella con una sonrisa—. El mundo está lleno de chicos así.
La
gente se casa muy joven y a los dos años se dan cuenta de que han cometido un
error,
pero para entonces ya son padres. Se divorcian y vuelven a casarse cada uno por
su
lado, y los niños acaban en una familia en la que son unos extraños y que veces
ni
siquiera
los acepta. Y en los barrios pobres es aún peor, naturalmente —asintió hacia la
furgoneta—.
Kells podría escribir un libro con sus experiencias. Dice que casi todos los
chicos
de su barrio en Nueva York se dedicaban al tráfico de drogas y eran buscados
por
la policía. El creí que acabaría igual —suspiró, perdiendo la vista en la
distancia—.
Cuando
una persona vive en la miseria, con una pobre imagen de sí misma y sin
ninguna
salida, acaba abandonando. Por eso recurren al alcohol y las drogas, porque al
menos
les sirve para aliviar un poco el dolor. Pero enseguida se enganchan y entonces
hacen
lo que sea para volver a colocarse y así olvidar dónde viven en qué se han
convertido
—sacudió la cabeza—. A veces pienso que algunas personas no están echas
para
vivir en una sociedad industrial, consumista y esquematizada. Si estas personas
pudieran
vivir en un sitio donde pudieran trabajar a su propio ritmo, serían felices y
también
útiles.
—Ésa
es una nueva teoría.
Ella
negó con la cabeza.
—No,
no lo es. Sólo estoy citando a Toffler ‐dijo, y
sonrió al ver la expresión de
perplejidad
de Tom—. Alvin Toffler... El shock del futuro. Es un escritor futurista con una
gran
visión psicológica. Decía que algunas personas nunca encajarían en nuestra
frenética
cultura, y yo creo que tiene razón.
—
Me gustaría aprender más sobre eso —dijo él—. ¿No podrías escaparte alguna
noche
del
campamento para ir a cenar?
—No
tengo a nadie que se quede con los niños —lamentó ella.
—
Entonces tendré que buscar una excusa para que vuelvan al rancho, ¿no? ‐sugirió con
una
sonrisa.
Belinda
se echó a reír.
—Será
mejor que los lleve al campamento. Gracias por permitirme traerlos.
—Me
lo he pasado muy bien —murmuró él.
—Yo
también.
Se
subi6 a la furgoneta y se alejó por el sinuoso camino del rancho, sin poder
evitar una
mirada
por el espejo retrovisor. Tom permanecía de pie con las manos en los bolsillos
y
el
sombrero cubriéndole parte del rostro. Parecía formar parte del paisaje, y al
verlo
Belinda
sintió que una corriente de calor se arremolinaba en su interior.
Durante
los días siguientes, Belinda tuvo mucho tiempo para arrepentirse por haber
perdido
control con Tom en el granero, y se negó rotundamente cuando los niños le
pidieron
otra visita rancho.
No
se dio cuenta de que su negativa estaba punto de tener graves consecuencias.
Kells,
deprimido
y sin nada que hacer, quería volver a ver el ganado y echarle el lazo.
Una
tarde dio esquinazo a los demás y, tras encontrar una vieja cuerda en uno de
los
cobertizos
se pasó horas ensayando cada día, como había visto a hacer a Tom. Se le
daba
bien, pero pronto se aburrió de echar el lazo al viejo caballete de aserrar que
había
junto
al roble y se preguntó si podría hacer lo mismo con un buey. La señorita Jessup
estaba
ocupada con los otros chicos, enseñándoles a usar su ordenador portátil. El
prefería
el ganado a la informática, de modo que recogió la cuerda y se escabulló hacia
el
prado donde pastaban los bueyes rojizos.
No
se percató de que el ganado de Tom sólo estaba a un lado del largo y
serpenteante
camino
de grava. Sabía que casi todos los bueyes de Tom eran Herefords, de pelaje
blanco
y rojo. Aquéllos eran rojos, pero Kells pensó que debían de ser una variedad de
la
misma raza. No podían ser bueyes, de eso no tenía ninguna duda, pues tenían
cuernos.
¡Sería muy fácil echarles el lazo! Saltó furtivamente la valla de alambre y se
dirigió
hacia la fila de árboles que delimitaban el pasto. En una pequeña elevación vio
un
toro joven que estaba pastando.
Era
la ocasión perfecta para poner en práctica el lazo que había estado
perfeccionando.
Erró
el primer intento, pero el animal no se movió. Siguió rumiando la hierba
mientras
miraba
a Kells con curiosidad. Kells recogió pacientemente la cuerda y volvió a
intentarlo.
Esa vez le salió un lanzamiento perfecto y el lazo se enganchó limpiamente
en
los cuernos del toro. Se echó a reír y dio un salto de alegría mientras
empezaba a
tirar
de la cuerda.
Estaba
disfrutando como nunca, guiando al joven toro por el pasto hacia la verja
cuando
oyó un fuerte grito, seguido de un estruendo que sonó como el disparo de un
rifle.
Se
detuvo en seco, con la cuerda en la mano, y se giró para encontrarse con un
hombre
alto
y de aspecto amenazador a lomos de un enorme caballo blanco. Estaba a unos cien
metros
colina arriba y sujetaba un rifle al hombro. Su rostro no era visible bajo el
sombrero
de ala ancha, pero la amenaza de su postura no se le podía pasar por alto a un
joven
que había tenido más de un enfrentamiento con las bandas callejeras.
Kells
soltó la cuerda y levantó las manos.
—Sólo
estaba practicando con el lazo, señor—gritó—. ¡No me dispare!
El
hombre no dijo nada. Sacó un teléfono móvil y marcó un número. Un minuto más
tarde
lo cerró y volvió a guardarlo.
—Siéntate
—ordenó con una voz hosca y profunda.
A
Kells no le hacía ninguna gracia sentarse en un prado donde abundaban las serpientes,
pero no
quería
recibir un disparo y obedeció. Aquél era el terrateniente contra el que Tom lo
había prevenido, pero él no había escuchado sus advertencias, ahora estaba
completamente seguro de que iba lamentar no haberlo hecho.
Belinda
había empezado a fregar los platos de la comida, y estaba preguntándose por
qué
Kells no había ido a comer cuando sonó su teléfono móvil. Escuchó un momento y
se
sentó pesadamente.
—No
tenían tu número, así que me han llamado a mí —dijo Tom—. Si me das un
minuto
para organizar las cosas aquí, te recogeré e iremos juntos a la comisaría.
Conozco
a esa gente mejor que tú.
—
¿Qué probabilidades hay de que el señor Parks retire los cargos? —preguntó ella
en
un
tono de resignación.
—Prácticamente
ninguna —respondió él—. Si Cy Parks pudiera imponer la sentencia,
seguramente
fusilarían al chaval. No creo que podamos persuadirlo, pero lo
intentaremos.
—
¿En cuánto tiempo estarás aquí? —preguntó.
—Dentro
de veinte minutos.
Al
final fueron sólo quince minutos. Tom estaba vestido con ropa de trabajo:
pantalones
anchos, botas con espuelas y una camisa de cambray. Se caló el ala del
sombrero
sobre los ojos mientras hacia subir a Belinda a la camioneta y puso rumbo
al
pueblo.
—
No te creas que nuestro departamento de policía va por ahí arrestando a la
gente sin
ningún
motivo —le dijo mientras conducía—. Cy los habrá obligado a hacerlo. Si se
sigue
la ley al pie de la letra Kells estaba invadiendo su propiedad. Pero a nadie en
su
sano
juicio se le ocurriría presentar una denuncia en serio. De todos modos, ¿qué
pensaba
hacer con el maldito toro?
—Estaba
practicando con el lazo, como tú le enseñaste —dijo ella—. Supongo que se
cansó
de echarle el lazo al caballete y quiso algo más real.
—
¡Le dejé muy claro que no se acercara a la propiedad de Parks!
—No
debía de saber qué lado de la valla correspondía a Parks —replicó ella—.
Seguramente
ni siquiera prestó atención al color de los animales. En cualquier caso, los
tuyos
son de pelaje rojo y blanco y los de Parks son rojos. Pensaría que no había
tanta
diferencia.
—La
situación es grave —masculló él.
—Es
peor. Con su expediente, es posible que no pueda volver a casa. Querrán
enviarlo
directamente
a prisión.
—
¡Maldita sea!
Belinda
se sentía furiosa con Cy Parks. Kells no tendría que haber entrado en su
propiedad,
pero no era más que un muchacho. ¿Por qué ese Par tenía que ceñirse
escrupulosamente
a lo que dictaba la ley?
Pareció
que transcurría una eternidad hasta que Tom aparcó junto al edificio de ladrillo
que
albergaba el cuartel de bomberos, la comisaría y cárcel.
—Aquí
es —indicó, abriéndole la puerta a Belinda.
El
interior del edificio estaba climatizado y muy limpio. Tom se dirigió hacia el
departamento
de policía y se acercó al mostrador, atendido por una recepcionista.
—Hemos
venido por la fianza de Kells —dijo Tom.
—Ah,
sí —respondió la mujer, revolviendo unos papeles mientras sacudía la cabeza—.
El
señor Parks estaba muy furioso —añadió, mirando a Tom—. Aún sigue aquí,
despotricando
contra el jefe.
La
expresión de Tom se enfureció.
—
¿Está aquí? ¿Dónde?
La
mujer dudó.
—Escucha,
Tom...
—Dímelo,
Sally.
—Está
en su despacho. Pero tengo que avisar tu llegada...
—Lo
haré yo mismo —declaró él, y se alejó del mostrador, seguido por una sorprendida
Belinda,
que nunca había visto esa faceta de Tom. Llamó a la puerta del despacho y
entró
sin esperar respuesta. Blake, el jefe de policía, estaba acompañado de un
hombre
alto
y fibroso, de pelo negro como el azabache.
Cy
Parks se volvió cuando Tom entró en el despacho. Sus brillantes ojos verdes
parecían
despedir un fuego venenoso.
—No
retiraré los cargos —dijo de inmediato, entornando amenazadoramente la mirada—.
No
quiero que unos delincuentes juveniles acampen junto a mis pastos, ¡y haré que
los
encierren
a todos si eso es lo que hace falta para alejarlos de mi ganado!
—Esto
me resulta familiar —murmuró Belinda.
Tom
no se dejó intimidar en absoluto. Se acercó a Cy y se quitó el sombrero.
—Yo
enseñé a Kells a arrojar el lazo —dijo, furioso—. Al chico le encantó y ha
estado
practicando
con mi ganado. Pero mis animales no tienen cuernos.
Cy
no dijo nada, pero escuchaba atentamente.
—Es
un chico de ciudad que fue detenido por robar un reproductor de CD —siguió
Tom—.
No quería el aparato para nada. Su única intención en vengarse de su madre
por
dejar que su padrastro lo maltratara.
La
rígida postura de Cy se relajó un poco. Animado, Tom siguió hablando.
—Ya
no es menor, de modo que si lo denuncias lo meterán en la cárcel y quedará
fichado
para el resto de su vida. Se convertirá en un peligroso criminal y yo perderé
al
vaquero
más prometedor que haya conocido en mi vida.
La
mirada de Parks se entornó aún más.
—
¿Le gusta el ganado?
—Está
como loco por el ganado —corroboró Tom—. Ha bombardeado a Belinda a
preguntas
y ahora hace lo mismo conmigo. Se sienta en un caballo como un jinete
experimentado.
Come, sueña y respira ganado desde que aprendió a distinguir una
raza
de otra.
Parks
apretó la mandíbula.
—
No me gusta tener niños cerca.
Tom
ni siquiera pestañeó. Había notado que Cy siempre tenía la mano izquierda en el
bolsillo,
sabía por qué. Aquel hombre odiaba recibir compasión. Por eso era tan huraño
y
se mantenía alejado de todo el mundo.
—Odiar
a los niños no te devolverá a los tuyos —repuso
tranquilamente.
El
rostro de Parks se tensó, y por un momento pareció que iba a darle un puñetazo
a
Tom.
—Adelante
—lo invitó Tom con mucha calma—.Golpéame si
eso es lo que quieres. No
te
lo impediré. Pero deja que el chico se vaya. Lo último que quería hacer era
dañar tu
ganado.
Es lo que más le gusta del mundo.
Cy
apretó el puño a su costado, pero entonces relajó y movió los rígidos hombros.
—No
vuelvas a hablar de mi pasado —le advirtió a Tom en un tono glacial, y desvió
la
mirada
hacia el jefe de policía—. Si retiro los cargos, ¿lo soltarás?
—Con
una amonestación —respondió Blake.
Cy
dudó un momento y se giró hacia Belinda, estaba pálida, en silencio y con
expresión
de angustia.
—
¿Cuál es el propósito de ese campamento de verano? —le preguntó con voz
cortante.
—He
traído a seis niños de la ciudad al campo para que vean cómo puede ser la vida
—
respondió
ella con calma—. Casi ninguno de ellos había visto una vaca, ni un pasto, ni
siquiera
un pueblo. Han crecido en la miseria, sin recibir el cariño de sus padres, y lo
único
que conocen son personas que se matan a trabajar por un salario mínimo, o gente
con
coches de lujo que hacen su fortuna traficando con drogas. Pensaba... tenía
esperanza
de que una experiencia como ésta supusiera una diferencia en sus vidas —
cruzó
Ias manos a la espalda—. Para Kells lo estaba siendo hasta ahora. Lo siento.
Debería
haberlo vigilado con más cuidado. Se ha pasado dos días practicando con el
lazo.
Supongo
que se pensó que estaba en el pasto de Tom cuando le echó el lazo al toro.
—Hay
mucha diferencia entre un Santa Gertrudis de pura sangre y uno de esos
Herefords
malolientes —espetó Cy.
—No
te atrevas a hablar así de mis Herefords —advirtió
Tom.
Los
dos se fulminaron mutuamente con la mirada.
—
¿Qué pasa con Kells? —intervino Belinda antes de que las cosas llegaran más
lejos.
—Suéltalo
—murmuró Cy.
El
sheriff Blake sonrió.
—Me
alegro de que tomes esa decisión —dijo levantándose—. Nunca me ha parecido
que
echarle el lazo a un toro pueda considerarse un crimen.
—No
has visto mi nuevo Santa Gertrudis —replicó Cy. Blake se limitó a reír y salió
del
despacho
para ir a buscar a Kells.
Kells
ofrecía un aspecto patético, como si la vida hubiera acabado para él. Puso una
mueca
cuando vio a Cy Parks.
—Supongo
que ahora volveré a Houston, ¿no?
—No
vas a volver a Houston —dijo Tom, sin apartar la
mirada de Cy—.Vas a venir a mi rancho
ahí
vas a pasar allí el resto del campamento.
Kells
lo miró absolutamente anonadado.
—¿Lo
dice en serio?
—Completamente
en serio —le aseguró Tom—. Si quieres echarle el lazo al ganado,
tendrás
que estar cerca del ganado. Además, tenemos que hablar del futuro. De tu
futuro
—añadió—.Vamos.
Kells
dudó. Se acercó a Cy Parks y se mordió el labio mientras buscaba las palabras
adecuadas.
—
Mire, siento lo que hice, ¿de acuerdo? —dijo con voz vacilante—. Sabía que
aquel
ganado
no era igual al del señor Kaulitz, pero pensé que tal vez tuviera más animales.
No
era mi intención hacer ningún daño. Sólo quería practicar con algo vivo. No tiene
ningún
mérito echar el lazo a unas tablas de madera.
Cy
parecía incómodo.
—De
acuerdo —dijo, haciendo un extraño gesto con la mano derecha—. No vuelvas a
hacerlo.
—No
lo haré —prometió Kells—. Aunque esos toros son magníficos —añadió con una
tímida
sonrisa—. Esa raza empezó en el rancho King, al sur Texas, ¿verdad?
Cy
se quedó ligeramente boquiabierto.
—Eh...
sí.
—Eso
pensaba —dijo Kells con orgullo—. La próxima vez sabré cómo distinguir un
Santa
Gertrudis de un Hereford.
Cy
intercambió una mirada con Tom.
—Supongo
que podrías llevarlo a que viera mi nuevo Santa Gertrudis —dijo con voz
gruñona.
—Pero llama primero.
Tom
y los demás lo miraron con la boca abierta.
—
¿Estáis todos sordos? —espetó Cy, irritado—. Me voy a casa. No tengo tiempo
para
estar
todo el día de cháchara, como hacen otros —se tocó el ala del sombrero y se
dirigió
hacia
la puerta.
Kells
soltó un gemido ahogado cuando el ranchero sacó la mano izquierda del bolsillo
para
abrir la puerta, pero afortunadamente Cy salió antes de poder oír la siguiente
pregunta
del muchacho.
—
¿Qué le ha pasado en la mano? —exclamó.
—Su
rancho de Wyoming quedó arrasado por incendio —explicó Tom—. Su esposa y
su
hijo pequeño estaban dentro. No consiguió sacarlos, y a punto estuvo él también
de
morir
en el intento.
—Por
eso tiene esas quemaduras.
—Oh,
cielos... —murmuró Kells—. No me extraña que odie a los niños. Le recuerdan al
que
perdió, ¿no cree, señorita Jessup?
Ella
lo rodeó afectuosamente con un brazo.
—
Sí, yo también lo creo. Pobre hombre... Bueno, volvamos al campamento. He
dejado a los
otros
niños comiendo.
—Siento
haber causado tantos problemas —dijo Kells.
Tom
le sonrió.
—No
ha sido nada —dijo, y le sonrió también al sheriff—. Gracias, Blake.
Blake
se encogió de hombros.
—Estaba
intentando convencerlo para que retirara los cargos cuando habéis llegado.
Pero
me temo que no lo estaba consiguiendo. Se negaba a ceder.
—Es
un tipo muy cabezota —corroboró Tom—. Pero al final ha hecho lo correcto.
—Así
es. Tal vez no sea tan frío después de todo —replicó Blake.
Los
tres regresaron en silencio al campamento de Belinda.
—
Me llevo a Kells—dijo Tom cuando detuvo la camioneta frente a la cabaña y los niños
salieron
al porche para saludar a Belinda—. Lo instalaré en el rancho y dentro de un par
de
días podrás venir ver cómo está.
—Creía
que estaba bromeando —exclamó Kells —¿De verdad hablaba en serio?
—Pues
claro que sí —respondió Tom—. Eres un vaquero nato, Kells, y yo voy a hacer
que
potencies al máximo tus cualidades. Luego, cuando termines los estudios, y si
todavía
te interesa, te contrataré para trabajar en el rancho.
Kells
no podía articular palabra. Se miró las manos en el regazo y ladeó la cabeza.
Sus
ojos
oscuros relucían de entusiasmo.
—Gracias,
señor Kaulitz —dijo con voz ahogada.
—Tom
—corrigió él—. De nada, Kells.
—Que
te diviertas —le dijo Belinda al muchacho.
Kells
se sentó en el asiento delantero junto Tom y cerró la puerta, inclinándose
sobre la
ventanilla
abierta para despedirse de sus amigos.
—Voy
a ser vaquero! ¡Hasta la vista!
Los
demás se despidieron con la mano y Belinda los llevó al porche.
—
¿Van a meter a Kells en la cárcel? —preguntó Juanito.
—No.
El señor Parks no lo ha denunciado —dijo ella con sincero alivio—. Dentro de un
par
de días, iremos al rancho del señor Kaulitz para ver como está Kells. Pero de
momento...
—soltó un gemido al ver el desorden que reinaba en la pequeña cocina y en
la
mesa del comedor—, tenemos clase de tareas domésticas.
Los
gemidos de protesta se oyeron fuera de la cabaña.
3 o MAS Y AGREGO .. HASTA PRONTO :))
Me encantaaa siguelaaa;)
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