CINCO-FINAL
Belinda
se aferraba a su independencia, pero si esperaba que Tom intentara hacerle
cambiar
de opinión, iba a llevarse una gran decepción. Tom iba con frecuencia a hablar
con
los niños y se llevaba Kells consigo para que Belinda pudiera verlo. Se
mostraba
abierto
y cordial, igual que al principio, pero guardaba las distancias.
—Supongo
que ya estarás haciendo el equipaje —comentó él unos días antes de que
acabaran
las vacaciones de Belinda, estando los dos en el porche de la cabaña—. ¿Tienes
ganas
de marcharte?
—No
muchas —dijo ella con cautela—. Ha sido una experiencia tremendamente
positiva.
Pero tengo que volver al trabajo. Las vacaciones no pueden durar para
siempre.
—No
serían tan divertidas si duraran para siempre —respondió él, recorriéndole el
cuerpo
con la mirada—. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó bruscamente.
Ella
parpadeó, sorprendida.
—Veintisiete.
Tom
entornó la mirada.
—Cuanto
mayor seas, más difícil te resultará abandonar tu independencia. Acabarás
encerrada
en un cascarón del que no saldrás nunca más.
Belinda
lo miró furiosa.
—Es
mi cascarón.
—Es
una lástima desperdiciar tu juventud en un trabajo, por importante que éste sea
—
dijo
él—. Muchas mujeres son capaces de alternar matrimonio con una carrera
profesional,
e incluso con los hijos. No es imposible, especialmente con una pareja que
está
deseando comprometerse.
—Yo
no quiero comprometerme —declaró ella echando fuego por sus ojos verdes—.Ya
te
lo he dicho. Soy feliz con lo que tengo.
—
¿Tienes un gato?
Ella
lo miró con el ceño fruncido.
—
¿Para qué necesito un gato?
—Para
tener compañía —respondió él—. No puedes seguir viviendo sin nadie. Te
sentirás
muy sola.
—
¡Odio los gatos!
—Mentirosa.
Ella
soltó un suspiro de frustración.
—De
acuerdo, no odio a los gatos, pero no tengo tiempo para ocuparme de una
mascota.
—Podrías
comprarte uno de esos chismes japoneses a los que tienes que darles de
comer
y limpiar —sugirió él.
—No
quiero una mascota electrónica.
—Yo
tengo una en mi ordenador —repuso él—. Ladra, gruñe y corretea por toda la
pantalla.
Y algunos de ellos incluso evolucionan.
—Magnífico.
Justo lo que necesito. Un perro para guardar mi ordenador.
—Son
encantadores.
Belinda
odiaba ser incapaz de apartar la mirada sus largas piernas, sus esbeltas
caderas
y
su amplio torso. Era un hombre muy sexy y ella se sentía irresistiblemente
atraída.
Pero
no podía flaquear ahora. ¡No cuando estaba a punto de alejarse de él para
siempre!
—Acabarán
haciendo animales electrónicos de tamaño natural a los que tengas que
cuidar
como si fueran reales. ¿Qué tienen de malo los animales verdad?
—
Dímelo tú, cariño —murmuró él suavemente, y se echó a reír al ver cómo ella se
ruborizaba—.
Eres tú la que no quiere casarse.
—¿Y sólo porque no quiera
casarme debo tener una mascota electrónica?
Tom
esbozó una lenta sonrisa.
—Así
tendrías algo a lo que colmar de afecto.
Algo que te hiciera compañía. Algo a lo que abrazar...
—
¡Me gustaría verte a ti abrazando a un perro electrónico!
El
se apartó repentinamente del poste en el que estaba apoyado y se detuvo a
escasos
centímetros
de ella.
—Me
gustaría abrazarte a ti, Belinda —dijo con suavidad—. Podríamos sentarnos en el
sofá
y juntos ver la televisión después del trabajo. Podríamos tumbarnos en mi
hamaca
durante
las tardes de verano y besarnos el uno al otro con el canto de los grillos de
fondo.
Podríamos compartir café y tarta a las dos de la mañana cuando no pudiéramos
conciliar
el sueño. ¿Crees que podrías hacer algo así con una mascota electrónica o con
tu
bloc
notas?
El
corazón de Belinda le latía dolorosamente en el pecho. Levantó la mirada y lo
miró
con
ojos muy abiertos y llenos de angustia.
—
¡Estoy asustada! —exclamó.
—Lo
sé, y sé por qué lo estás —dijo él, tocándole la mejilla con la punta de los
dedos—
Yo
también me siento incómodo. Es un paso muy grande el que hay entre la amistad y
la
intimidad. Pero tenemos muchas cosas en común, y no me refiero sólo al ganado —
los
dedos llegaron su boca—. No lo eches a perder por culpa de un trabajo.
Ella
se retiró, como si el tacto de sus dedos la abrasara.
—No
quiero... no quiero pertenecer a nadie—espetó—. Si mantengo mi independencia,
nunca
más volveré a sufrir.
—Tal
vez no —corroboró él—. Pero nunca sabrás lo que es realmente el amor. Tienes un
gran
corazón. Has dedicado tu tiempo y tus energías a esos chicos. ¿Por qué te
resulta
tan
duro hacer lo mismo con un hombre?
Ella
puso una mueca de dolor.
—El
amor no dura para siempre —gimió.
—
Claro que sí —replicó él—. Si te comprometes, puede durar para siempre. En esta
vida
nada viene con una garantía absoluta, pero las personas afines suelen acabar
divorciándose.
Intenta fijarte en parejas de ancianos, en esos matrimonios que están
juntos
durante cincuenta años o más. Creo que el amor puede durar, si le das una
oportunidad.
Belinda
suspiró pesadamente.
—Yo
no lo creo —dijo—. Lo siento. Para mí no es más que un cuento de hadas. En la
vida
real
no hay finales felices.
—No
seas tan cínica —la reprendió él—. Arriésgate. Atrévete con todo.
—No
me gusta el juego —replicó ella—. Soy una mujer normal y conservadora sin el
menor
gusto por el riesgo y la aventura. Jamás me arriesgo a nada.
Él
sacudió tristemente la cabeza.
—Es
una lástima. Tienes mucho que ofrecer, Belinda. Pero estás encerrada en tus
propios
miedos.
—
¡Yo no tengo miedo de nada! —espetó ella.
—Salvo
del amor.
Belinda
empezó a protestar, pero no pudo encontrar las palabras adecuadas.
El
le tocó la nariz con el dedo índice y sonrió.
—Tú
puedes ser de las que abandonan, pero yo no. Sigue huyendo, cariño. Cuando te
canses
de correr, yo seguiré estando aquí.
—
¿Por qué? —preguntó ella con la voz ahogada por la angustia.
Tom
adoptó una expresión muy seria y sus ojos destellaron en su esbelto rostro.
—Por
ti merece la pena luchar, ¿no lo sabías?, yo puedo ser muy testarudo cuando
deseo
algo.
—
¡Eso es sólo atracción física! —masculló ella.
—No.
—Yo
soy diferente. No soy como las demás mujeres.
—Desde
luego que no eres como las demás corroboró él. —Le hizo levantar la barbilla y
le
dio
un beso fugaz en los labios—. Bien... no es tan duro el cascarón. Pero no cometas
el
error
de pensar que me retiraré. Soy como una pelota de goma. Reboto en todas partes
y
vuelvo
a la carga.
—No
cambiaré de opinión —dijo ella entre dientes.
Tom
se limitó a soltar una carcajada. Se subió a la camioneta y se alejó.
—
¡No cambiaré! —gritó ella.
No
fue hasta que se dio cuenta de que los niños la estaban mirando cuando se dio
la
vuelta
y entró en la cabaña.
Los
dos días siguientes pasaron muy rápidamente, no sólo para Belinda sino también
para
Kells. El muchacho estaba casi llorando cuando subió a la furgoneta para el
largo
viaje
de vuelta a Houston. Los hombres del rancho acudieron en masa para estrecharle
la
mano y desearle suerte.
—Te
veré el verano que viene —le dijo uno de los más viejos—. ¡Y no te metas en
problemas!
—No
lo haré, señor —prometió Kells con una triste sonrisa—.Voy a echarlos mucho de
menos.
—Y
nosotros a ti, hijo —dijo otro vaquero—. Ahora tienes que estudiar mucho. Ahora
ser
vaquero es mucho más difícil que antes. ¡Necesitas una buena educación hasta
para
llevar
las cuentas!
—
Lo recordaré —dijo Kells.
Tom
estaba de pie junto al asiento del conductor, donde Belinda intentaba mostrarse
alegre
y animada, sin éxito. Lo miró a sus ojos cafeces y sintió cómo el corazón se le
encogía
de dolor. El se mostraba amable y cordial, pero al mismo tiempo muy distante,
como
si no sintiera nada por ella.
Su
actitud la desconcertaba, pero hizo lo posible por no aparentarlo.
—Gracias
por todo —le dijo con una sonrisa forzada—. No lo habría conseguido sin tu
ayuda.
El
miró a los niños y se despidió de ellos con la mano mientras subían a la
furgoneta.
—Tienes
un buen grupo. Como ya te dije, si el verano que viene vuelves por aquí...
—No...
no creo que vuelva —dijo ella, habiendo tomado esa dolorosa determinación la
noche
anterior—.Voy a vender la finca. Si eres rápido, tal vez puedas comprarla antes
que
el Sr. Parks.
Tom
la miró por un momento sin decir nada.
—Creía
que habías decidido que el campamento era una buena idea.
Ella
negó con la cabeza.
—Demasiados
imprevistos —respondió—. De no ser por ti, Kells habría acabado en la
cárcel.
No imaginaba dónde me estaba metiendo, aunque ha resultado mejor de lo que
esperaba
—mantuvo la vista fija en el botón superior de su camisa en vez de mirarlo a
la
cara—. He decidido que debo dejar los campamentos especiales a la gente que
sepa lo
que
haga. He estado a punto de provocar un desastre, aunque mis intenciones no
podían
ser mejores.
—
Es curioso. Pensaba que habías hecho un gran trabajo —observó él.
Ella
esbozó una media sonrisa.
—Tendremos
que esperar para comprobarlo.
—Supongo
que te alegras de marcharte —dijo él con una mueca.
Belinda
dudó. Estuvo a punto de decir que se sentía sola y vacía y que no se alegraba
en
absoluto
de marcharse. Pero el momento pasó.
—Sí...
—respondió—. Me alegro de volver al trabajo. Gracias de nuevo —añadió,
extendiendo
la mano.
Él
se la tomó y vio cómo ella contenía la respiración al tocarla. Sabía que
Belinda sentía
algo
por él, algo muy fuerte. Pero estaba muerta de miedo.
Así
demostraban la frialdad de sus dedos y su mirada esquiva.
—No
hay recompensa sin riesgo —dijo en voz baja.
Ella
levantó la vista y clavó la mirada en sus ojos.
—Mis
padres...
—Tú
no eres como tus padres —la cortó él—. Ni yo soy como los míos. La vida es un
riesgo.
Todo es un riesgo. Si nunca tientas la suerte, ¿cómo encontrarás algo que
merezca
la pena? Estarás abocada a la monotonía.
—
No me gustan los riesgos —dijo ella en tono cortante.
—Podrían
llegar a gustarte —le aseguró él—. Pero supongo que tendrás que
averiguarlo
por las malas.
—Es
mi elección. No puedes decirme como tengo que vivir mi vida.
—No
puedo, ¿eh?
—No,
no puedes —insistió ella con firmeza— Y ahora me marcho. Me vuelvo a mi vida
y
a mi trabajo.
—Y
eso es todo lo que necesitas para ser feliz ¿no?
—
¡Eso es! Me alegro de que finalmente lo entiendas.
El
esbozó una extraña sonrisa, fría y calculadora.
—Entiendo
más de lo que crees. Bueno, ya que estás tan decidida a marcharte, aquí
tienes
algo para que te lleves a Houston y a tu trabajo perfecto.
Se
movió hacia delante y la atrajo contra él, doblándola sobre su brazo como en
una
escena
clásica de Hollywood. Soltó una carcajada maliciosa y la besó apasionadamente
hasta
que Belinda sintió que se derretía en sus brazos y que el cuerpo le palpitaba
al
entrar
en contacto con su fuerza masculina. Cuando la soltó, estaba temblorosa y
jadeante,
y Tom tuvo que sostenerla para que no se derrumbara.
Varios
segundos más tarde, subió con dificultad a la furgoneta y consiguió meter la
llave
en el contacto, vitoreada por los gritos de los niños.
—Apuesto
a que le gustan las películas clásicas— dijo Kells alegremente.
—
¿No podéis guardar silencio? —espetó Belinda—. Tenemos que irnos. ¡Adiós, señor
Kaulitz!
Él
se quitó el sombrero e hizo una reverencia burlona.
—
¡Au revoir, señorita Jessup! —se despidió.
Ella
pisó con fuerza el acelerador y la furgoneta salió disparada hacia la verja.
Tom se
quedó
riendo. La pesca era una de sus aficiones favoritas, y aquél era el torneo de
su
vida.
Iba a conseguir aquel trofeo tan escurridizo. Necesitaría paciencia y fortaleza,
pero
nunca le habían faltado esas dos cualidades.
Volvió
a ponerse el sombrero y se dirigió silbando hacia el granero.
Las
dos primeras semanas que Belinda pasó en Houston estuvieron dominadas por un
nuevo
vacío en su vida. No había pensado en lo sola que estaría una vez que dejara a
los
niños. Se había acostumbrado a ellos, y ahora se sentía como si hubiera
abandonado
a
su propia familia. Y además echaba terriblemente de menos a Tom. Acababa de
salir
del
juzgado tras una mañana particularmente difícil cuando casi se chocó con Kells
al
pie
de los escalones.
El
muchacho le sonrió.
—Tengo
algo que enseñarle —dijo, sacando un manojo de papeles.
Belinda
los tomó, les echó un vistazo y soltó un gemido ahogado.
—Pero,
Kells... ¡Esto es extraordinario!
El
muchacho había obtenido un sobresaliente en Inglés, Matemáticas y Ciencias.
Kells
seguía sonriendo.
—En
casa creen que me he vuelto loco, porque lo único que hago es estudiar.
Simplemente,
los ignoro cuando están bebiendo. Me encierro en mi habitación y me
refugio
en los libros. No es tan duro. Sólo hay que estar motivado.
—Exacto,
Kells. ¡Oh, qué orgullosa estoy de ti!—exclamó.
—Gracias
—respondió él, visiblemente avergonzado—. ¿Se lo dirá al señor Kaulitz?
Belinda
se puso seria.
—No
he tenido noticias suyas.
—Podría
escribirle —insistió él.
Sí,
podría escribirle, pero no quería hacerlo.
—Supongo
que sí, teniendo en cuenta lo contento que se pondrá por conocer tus notas
—suspiró—.
Lo haré.
—Gracias,
señorita Jessup. Y gracias también por creer en mí —añadió solemnemente—
.
Nadie más lo ha hecho.
—Pues
claro que creo en ti —dijo ella con una sonrisa—.Y también el señor Kaulitz.
—Eso
es lo que me ha animado a intentarlo... Ese trabajo del próximo verano. Voy a
trabajar muy duro, señorita Jessup. Voy a aprender todo lo que pueda antes de
volver al rancho. Haré que el señor Kaulitz se sienta orgulloso de mí.
—Estoy
segura de que lo harás.
—Tengo
que irme. Estoy asistiendo a un curso español por las noches —añadió,
sorprendiéndola—.
Lo hablan un par de mexicanos en el rancho ¿sabe? ¡Hasta la vista,
señorita
Jessup!
Ella
se despidió con la mano, maravillada por la ambición del muchacho. Pensar que
sólo unos meses antes había estado a punto de acabar en prisión… ¿Cuántos
chicos como Kells se quedaban en el camino porque no tenían a nadie que los
animara y que creyera en ellos?
Se
sentía muy bien consigo misma. Si conseguía sacar de la pobreza al menos a un
chico,
su trabajo habría merecido la pena. ¿Por qué ese testarudo vaquero de
Jacobsville
no
podía comprenderlo?
Entonces
recordó que Tom le había propuesto que trabajara en Jacobsville, y ella le
había
respondido que no podría desempeñar un trabajo semejante en ningún otro lugar
que
no fuera Houston.
Menuda
estupidez... Por supuesto que podría trabajar en otra parte. Pero tenía miedo.
No
quería enamorarse y casarse. Sólo quería depender de sí misma. No podía
arriesgar
su
corazón.
Caminó
hasta su coche, invadida por una repentina tristeza. ¡Ojalá nunca hubiera
conocido
Tom Kaulitz!
No
fue facil ignorar la petición de Kells para escribirle una carta a Tom. Al
final,
Belinda
se vio obligada por su conciencia a mandarle una nota. Sólo fueron unas líneas
cordiales
y puntuales, no demasiado íntimas, pero le costó veinte intentos antes de dar
con
las palabras adecuadas. La envió por correo y esperó.
Pero
la respuesta no llegó del modo que había esperado. Tras una sesión
especialmente
larga
con un cliente, subió las escaleras hasta su apartamento y se encontró con un
rostro
familiar apoyado contra la pared, junto a su puerta. Llevaba un traje azul
marino
y
corbata, y su aspecto era más elegante y sofisticado que el de cualquier otro
ranchero
que
hubiera conocido.
—
¡Tom! —exclamó.
El
se echó a reír y la tomó en sus brazos para besarla vorazmente en medio del
rellano.
La
gabardina, el maletín y el bolso de Belinda cayeron desperdigados por el suelo
como
granos
de arena mientras ella lo besaba a su vez. Fue entonces cuando se dio cuenta lo
mucho
que lo había añorado.
—Por
lo que veo, sí que me has echado de menos —murmuró él antes de volver a
besarla—.
¿Qué tal si cenamos?
—Me
muero de hambre —dijo ella, sin aliento—. Pero no tengo nada para cocinar...
—Hay
un restaurante muy agradable a poca distancia de aquí. He hecho una reserva —
dijo
él—. Deja tus cosas y refréscate un poco.
Belinda
no quería apartar los brazos de su cuello, y se echó a reír por lo que estaba
sintiendo.
—Me
alegro tanto de volver a verte... —dijo, intentando comportarse con normalidad
mientras
cogía las cosas del suelo.
—Y
yo de verte a ti —respondió él con una sonrisa — Pareces cansada.
—Ha
sido una semana muy dura —dijo ella, mirándolo a los ojos antes de introducir
la
llave
en la cerradura y abrir la puerta—. En realidad, han sido unas semanas muy
duras
—añadió
sinceramente.
—Lo
sé.
Belinda
dejó sus cosas en una silla y se volvió hacia él. Tom también parecía cansado.
Durante
varios segundos, permaneció inmóvil, mirándolo. Él hizo lo mismo. Belinda
estaba
preciosa con su vestido de color beige, zapatos de tacón y su melena rubia
ondulante.
—
Si quieres cenar, tienes diez segundos para dejar de mirarme o tendré que hacer
algo
al
respecto—le advirtió.
Ella
lo deseaba desesperadamente. Pero antes había cosas que aclarar, de modo que
bajó
la
mirada y esbozó una tímida sonrisa.
—De
acuerdo —dijo—.Voy a asearme un poco.
Mientras
ella se maquillaba y perfumaba, Tom observó el ordenador de su escritorio y
sonrió
al ver el estuche de un CD con el dibujo de un perro.
—Veo
que te has comprado una mascota —le dijo cuando ella volvió al salón.
Belinda
vio a lo que se refería y se echó a reír.
—Me
pareció muy lindo. Y lo es.
—Te
lo dije. ¿Lista para salir?
Ella
asintió y agarró el bolso.
Tom
la detuvo en la puerta antes de abrir.
—¿Ese pintalabios se borra
con facilidad? —le preguntó con voz profunda.
—En
teoría no —respondió ella con un hilo de
voz.
—Vamos
a comprobarlo...
La
atrajo hacia él y le clavó la mirada hasta que Belinda sintió cómo todo el
cuerpo le
vibraba
de emoción. Entonces se inclinó hacia ella a tomar posesión de sus labios.
El
bolso de Belinda cayó al suelo por segunda vez y ella rodeó a Tom con los
brazos
mientras
él la besaba cada vez con más insistencia.
Estaba
de puntillas cuando él se detuvo. Sus ojos cafeces, más brillantes que nunca,
miraban
los suyos verdes con una mirada limpia y sincera.
Tom
estaba tan serio que la expresión de su rostro la puso nerviosa.
—Dime
que el trabajo significa más que
yo para ti y me detendré ahora, antes de que esto
llegue
más lejos —dijo él con voz hosca.
Belinda
se estremeció sólo de pensarlo y respiró temblorosamente. —Han sido
semanas...
—consiguió decir.
—Demonios,
han sido años —murmuró él, y de nuevo se inclinó
para besarla. Pero esa vez
el
beso fue fervientemente apasionado, y cuando levantó la cabeza ella estaba
temblando.
—Si
te vas, me iré contigo —dijo ella sin pensar, con el rostro encendido y los
ojos
brillantes.
—Eso
es lo que he venido a oír —murmuró él—. ¡Te ha costado mucho tiempo decirlo!
Ella
se apretó contra él, quien la rodeó con los brazos. —Sigo teniendo miedo, Tom —
confesó
en un débil susurro.
—Todo
el mundo tiene miedo. No sólo de enamorarse, sino también de casarse y tener
hijos.
.Son pasos cruciales en la vida. La gente que no teme darlos es la gente que
acaba
divorciándose.
Tienes que estar muy segura, pero aun así es un riesgo.
Ella
permaneció un minuto en silencio.
Él
volvió a abrazarla con fuerza.
—Llevo
deseando correr ese riesgo desde que te vi por primera vez... Me he pasado
toda
la vida esperando a una mujer con la que pudiera vivir ¡Y a ti ni siquiera te
gustaba!
Belinda
se echó a reír.
—Sólo
al principio —protestó.
—
¡Ja! Te resististe en todo momento —levantó cabeza y la miró fijamente—. A
Jacobsville
le vendrá bien tener una abogada —afirmó—. En todas partes hay niños con
problemas.
Ella
sonrió tristemente.
—Intentaba
apartarme —confesó—. No podían soportar la idea de estar cerca de ti si...
bueno,
si yo era la única que se sentía así.
—
¿Así cómo? —preguntó él con voz suave y sensual.
Ella
se fijó en su corbata. Era azul con estampado de cachemira... muy bonita.
—
¿Así cómo? —insistió él, acariciándola en los costados con los pulgares.
Belinda
apoyó la frente contra la suya y respiró hondo.
—Te
quiero.
Hubo
un largo e inquietante silencio. Ella levantó la cabeza con aprensión y lo miró
a
los
ojos que resplandecían de sentimiento. Pero apenas pudo verlos antes de que él
los
cerrara
y la levantara en sus brazos para volver a besarla. Belinda pudo oír cómo él le
repetía
las mismas palabras en un susurro. Y entonces dejó de intentar oír nada, salvo
los
latidos de su propio corazón.
Unos
largos y frenéticos minutos más tarde, Tom contempló a Belinda, que yacía
pegada
a él en el sofá, con el vestido desabrochado y el pelo alborotado.
Él
también tenía la camisa abierta, hacía rato que no llevaba la corbata y sus
dedos
jugueteaban
perezosamente con la melena rubia que se esparcía sobre su pecho.
—
¡Íbamos a salir a cenar —le recordó ella.
—Al
demonio con la comida. No tengo hambre.
—
Pero yo sí —dijo ella, riendo—. Sobre todo ahora..
Él
le pasó el dedo sobre el encaje del sujetador.
—Aguafiestas
—murmuró—. Justo cuando empezaba a conocerte de verdad...
—Ella
volvió a reírse y le aparto la mano para poder brocharse el vestido.
—
Para de una vez —le ordenó en tono jocoso.
—
¿Que pare? ¡Si ni siquiera he empezado! —protestó él.
—
Tendremos mucho tiempo para eso —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Quiero una
boda
de blanco. ¿Te importa?
—
Yo también quiero una boda de blanco —corroboró él con una sonrisa—. Una boda
con
todo lo necesario. Testigos, padrinos, y mi sobrina llevará la cesta de las
flores,
naturalmente
—añadió riendo.
—Mi
cuñada será la dama de honor —dijo ella, soltó una carcajada al imaginarse a
Marianne
vestida para la ocasión.
—Será
todo un acontecimiento —dijo él. —Luego criaremos ganado, tendremos hijos y
envejeceremos
juntos.
Ella
se apretó contra él, sintiendo el corazón henchido de alegría.
—Me
encanta cómo suena eso.
—Y
a mí. Pero envejeceremos muy lentamente si no te importa. Aún tengo mucha
pasión
que dar...
—Ya
me he dado cuenta —dijo ella en tono recatado.
Él
la miró con atención.
—
¿En serio? —murmuró, recorriéndola sensualmente con la mirada.
—Te
quiero —susurró ella.
—Y
yo a ti —respondió él con una lenta sonrisa. Fue lo último que dijeron durante
las
horas
siguientes.
Tal
y como Tom había predicho, la boda fue todo un acontecimiento en Jacobsville.
Acudió
todo el mundo, incluido Cy Parks, vestido con esmoquin y portando un regalo
de
bodas. Ward Jessup y una Marianne en avanzado estado de gestación también
estuvieron
presentes, junto a Lillian, la tía de Marianne. Elysia Kaulitz Walter y su
marido,
Bill, le dieron la bienvenida en la familia a Belinda, y su hija Crissy fue la
encargada
de llevar la cesta de las flores. Belinda estaba preciosa con un traje blanco
de
encaje
con cola y velo. Llevaba un ramo de rosas blancas y no pudo contener las
lágrimas
cuando su marido le levantó el delicado velo de encaje y la vio por primera
vez
como su legítima esposa.
En
el exterior de la iglesia, los vaqueros del rancho formaron un pasillo y
arrojaron
confeti
cuando la pareja feliz salió por la puerta. Uno de ellos acababa de graduarse
en
el
instituto y era el empleado más joven del rancho. Llevaba un sombrero, un
pañuelo
rojo,
una camisa de cambray y lucía una radiante sonrisa.., y su nombre era Edwards
Kells.
Los
recién casados lo saludaron con la mano mientras marchaban hacia la limusina
que
los
llevaría al rancho, donde se cambiarían de ropa antes ir al banquete que Matt
Cadwell
celebraba en su elegante mansión a las afueras de Jacobsville.
Una
vez en el interior del vehículo, Tom contempló a Belinda con los ojos llenos de
Sentimiento.
—El
mejor día de mi vida, señora Kaulitz.
—El
mejor día de mi vida, señor Kaulitz —repitió ella.
Aquellas
palabras expresaban su juramento de amor eterno y la promesa de un futuro
compartido
lleno de felicidad.
HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL ... ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO ... BUENO AHORA SIGUE EL DOCTOR COLTRAIN .. NO SE SI SE ACUERDAN DE EL .. SALIO EN LA NOVELA PASADA "UN HOMBRE MUY ESPECIAL" .. ESPERO QUE SI PORQUE AHORA VIENE SU HISTORIA :D ... BUENO SIN MAS ME DESPIDO ... HASTA LA PROXIMA :))
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: LUKE CRAIG
SERIE HOMBRES DE TAXAS :)
Me encantoo!
ResponderEliminarEl doctor que atendia a la chica del rodeo. Donde Tom tenía una hija no??
Sigueeeeee
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