lunes, 22 de agosto de 2016

CINCO-FINAL
Belinda se aferraba a su independencia, pero si esperaba que Tom intentara hacerle
cambiar de opinión, iba a llevarse una gran decepción. Tom iba con frecuencia a hablar
con los niños y se llevaba Kells consigo para que Belinda pudiera verlo. Se mostraba
abierto y cordial, igual que al principio, pero guardaba las distancias.
—Supongo que ya estarás haciendo el equipaje —comentó él unos días antes de que
acabaran las vacaciones de Belinda, estando los dos en el porche de la cabaña—. ¿Tienes
ganas de marcharte?
—No muchas —dijo ella con cautela—. Ha sido una experiencia tremendamente
positiva. Pero tengo que volver al trabajo. Las vacaciones no pueden durar para
siempre.
—No serían tan divertidas si duraran para siempre —respondió él, recorriéndole el
cuerpo con la mirada—. ¿Cuántos años tienes? —le preguntó bruscamente.
Ella parpadeó, sorprendida.
—Veintisiete.
Tom entornó la mirada.
—Cuanto mayor seas, más difícil te resultará abandonar tu independencia. Acabarás
encerrada en un cascarón del que no saldrás nunca más.
Belinda lo miró furiosa.
—Es mi cascarón.
—Es una lástima desperdiciar tu juventud en un trabajo, por importante que éste sea —
dijo él—. Muchas mujeres son capaces de alternar matrimonio con una carrera
profesional, e incluso con los hijos. No es imposible, especialmente con una pareja que
está deseando comprometerse.
—Yo no quiero comprometerme —declaró ella echando fuego por sus ojos verdes—.Ya
te lo he dicho. Soy feliz con lo que tengo.
— ¿Tienes un gato?
Ella lo miró con el ceño fruncido.
— ¿Para qué necesito un gato?
—Para tener compañía —respondió él—. No puedes seguir viviendo sin nadie. Te
sentirás muy sola.
— ¡Odio los gatos!
—Mentirosa.
Ella soltó un suspiro de frustración.
—De acuerdo, no odio a los gatos, pero no tengo tiempo para ocuparme de una
mascota.
—Podrías comprarte uno de esos chismes japoneses a los que tienes que darles de
comer y limpiar —sugirió él.
—No quiero una mascota electrónica.
—Yo tengo una en mi ordenador —repuso él—. Ladra, gruñe y corretea por toda la
pantalla. Y algunos de ellos incluso evolucionan.
—Magnífico. Justo lo que necesito. Un perro para guardar mi ordenador.
—Son encantadores.
Belinda odiaba ser incapaz de apartar la mirada sus largas piernas, sus esbeltas caderas
y su amplio torso. Era un hombre muy sexy y ella se sentía irresistiblemente atraída.
Pero no podía flaquear ahora. ¡No cuando estaba a punto de alejarse de él para siempre!
—Acabarán haciendo animales electrónicos de tamaño natural a los que tengas que
cuidar como si fueran reales. ¿Qué tienen de malo los animales verdad?
— Dímelo tú, cariño —murmuró él suavemente, y se echó a reír al ver cómo ella se
ruborizaba—. Eres tú la que no quiere casarse.
—¿Y sólo porque no quiera casarme debo tener una mascota electrónica?
Tom esbozó una lenta sonrisa.
—Así tendrías algo a lo que colmar de afecto.  Algo que te hiciera compañía. Algo a lo que abrazar...
— ¡Me gustaría verte a ti abrazando a un perro electrónico!
El se apartó repentinamente del poste en el que estaba apoyado y se detuvo a escasos
centímetros de ella.
—Me gustaría abrazarte a ti, Belinda —dijo con suavidad—. Podríamos sentarnos en el
sofá y juntos ver la televisión después del trabajo. Podríamos tumbarnos en mi hamaca
durante las tardes de verano y besarnos el uno al otro con el canto de los grillos de
fondo. Podríamos compartir café y tarta a las dos de la mañana cuando no pudiéramos
conciliar el sueño. ¿Crees que podrías hacer algo así con una mascota electrónica o con tu
bloc notas?
El corazón de Belinda le latía dolorosamente en el pecho. Levantó la mirada y lo miró
con ojos muy abiertos y llenos de angustia.
— ¡Estoy asustada! —exclamó.
—Lo sé, y sé por qué lo estás —dijo él, tocándole la mejilla con la punta de los dedos—
Yo también me siento incómodo. Es un paso muy grande el que hay entre la amistad y
la intimidad. Pero tenemos muchas cosas en común, y no me refiero sólo al ganado —
los dedos llegaron su boca—. No lo eches a perder por culpa de un trabajo.
Ella se retiró, como si el tacto de sus dedos la abrasara.
—No quiero... no quiero pertenecer a nadie—espetó—. Si mantengo mi independencia,
nunca más volveré a sufrir. 
—Tal vez no —corroboró él—. Pero nunca sabrás lo que es realmente el amor. Tienes un
gran corazón. Has dedicado tu tiempo y tus energías a esos chicos. ¿Por qué te resulta
tan duro hacer lo mismo con un hombre?
Ella puso una mueca de dolor.
—El amor no dura para siempre —gimió.
— Claro que sí —replicó él—. Si te comprometes, puede durar para siempre. En esta
vida nada viene con una garantía absoluta, pero las personas afines suelen acabar
divorciándose. Intenta fijarte en parejas de ancianos, en esos matrimonios que están
juntos durante cincuenta años o más. Creo que el amor puede durar, si le das una
oportunidad.
Belinda suspiró pesadamente.
—Yo no lo creo —dijo—. Lo siento. Para mí no es más que un cuento de hadas. En la vida
real no hay finales felices.
—No seas tan cínica —la reprendió él—. Arriésgate. Atrévete con todo.
—No me gusta el juego —replicó ella—. Soy una mujer normal y conservadora sin el
menor gusto por el riesgo y la aventura. Jamás me arriesgo a nada.
Él sacudió tristemente la cabeza.
—Es una lástima. Tienes mucho que ofrecer, Belinda. Pero estás encerrada en tus
propios miedos.
— ¡Yo no tengo miedo de nada! —espetó ella.
—Salvo del amor.
Belinda empezó a protestar, pero no pudo encontrar las palabras adecuadas.
El le tocó la nariz con el dedo índice y sonrió.
—Tú puedes ser de las que abandonan, pero yo no. Sigue huyendo, cariño. Cuando te
canses de correr, yo seguiré estando aquí.
— ¿Por qué? —preguntó ella con la voz ahogada por la angustia.
Tom adoptó una expresión muy seria y sus ojos destellaron en su esbelto rostro.
—Por ti merece la pena luchar, ¿no lo sabías?, yo puedo ser muy testarudo cuando
deseo algo.
— ¡Eso es sólo atracción física! —masculló ella.
—No.
—Yo soy diferente. No soy como las demás mujeres.
—Desde luego que no eres como las demás corroboró él. —Le hizo levantar la barbilla y le
dio un beso fugaz en los labios—. Bien... no es tan duro el cascarón. Pero no cometas el
error de pensar que me retiraré. Soy como una pelota de goma. Reboto en todas partes y
vuelvo a la carga.
—No cambiaré de opinión —dijo ella entre dientes.
Tom se limitó a soltar una carcajada. Se subió a la camioneta y se alejó.
— ¡No cambiaré! —gritó ella.
No fue hasta que se dio cuenta de que los niños la estaban mirando cuando se dio la
vuelta y entró en la cabaña.
Los dos días siguientes pasaron muy rápidamente, no sólo para Belinda sino también
para Kells. El muchacho estaba casi llorando cuando subió a la furgoneta para el largo
viaje de vuelta a Houston. Los hombres del rancho acudieron en masa para estrecharle
la mano y desearle suerte.
—Te veré el verano que viene —le dijo uno de los más viejos—. ¡Y no te metas en
problemas!
—No lo haré, señor —prometió Kells con una triste sonrisa—.Voy a echarlos mucho de
menos.
—Y nosotros a ti, hijo —dijo otro vaquero—. Ahora tienes que estudiar mucho. Ahora
ser vaquero es mucho más difícil que antes. ¡Necesitas una buena educación hasta para
llevar las cuentas!
— Lo recordaré —dijo Kells.
Tom estaba de pie junto al asiento del conductor, donde Belinda intentaba mostrarse
alegre y animada, sin éxito. Lo miró a sus ojos cafeces y sintió cómo el corazón se le
encogía de dolor. El se mostraba amable y cordial, pero al mismo tiempo muy distante,
como si no sintiera nada por ella.
Su actitud la desconcertaba, pero hizo lo posible por no aparentarlo.
—Gracias por todo —le dijo con una sonrisa forzada—. No lo habría conseguido sin tu
ayuda.
El miró a los niños y se despidió de ellos con la mano mientras subían a la furgoneta.
—Tienes un buen grupo. Como ya te dije, si el verano que viene vuelves por aquí...
—No... no creo que vuelva —dijo ella, habiendo tomado esa dolorosa determinación la
noche anterior—.Voy a vender la finca. Si eres rápido, tal vez puedas comprarla antes
que el Sr. Parks.
Tom la miró por un momento sin decir nada.
—Creía que habías decidido que el campamento era una buena idea.
Ella negó con la cabeza.
—Demasiados imprevistos —respondió—. De no ser por ti, Kells habría acabado en la
cárcel. No imaginaba dónde me estaba metiendo, aunque ha resultado mejor de lo que
esperaba —mantuvo la vista fija en el botón superior de su camisa en vez de mirarlo a
la cara—. He decidido que debo dejar los campamentos especiales a la gente que sepa lo
que haga. He estado a punto de provocar un desastre, aunque mis intenciones no
podían ser mejores.
— Es curioso. Pensaba que habías hecho un gran trabajo —observó él.
Ella esbozó una media sonrisa.
—Tendremos que esperar para comprobarlo.
—Supongo que te alegras de marcharte —dijo él con una mueca.
Belinda dudó. Estuvo a punto de decir que se sentía sola y vacía y que no se alegraba en
absoluto de marcharse. Pero el momento pasó.
—Sí... —respondió—. Me alegro de volver al trabajo. Gracias de nuevo —añadió,
extendiendo la mano.
Él se la tomó y vio cómo ella contenía la respiración al tocarla. Sabía que Belinda sentía
algo por él, algo muy fuerte. Pero estaba muerta de miedo.
Así demostraban la frialdad de sus dedos y su mirada esquiva.
—No hay recompensa sin riesgo —dijo en voz baja.
Ella levantó la vista y clavó la mirada en sus ojos.
—Mis padres...
—Tú no eres como tus padres —la cortó él—. Ni yo soy como los míos. La vida es un
riesgo. Todo es un riesgo. Si nunca tientas la suerte, ¿cómo encontrarás algo que
merezca la pena? Estarás abocada a la monotonía.
— No me gustan los riesgos —dijo ella en tono cortante.
—Podrían llegar a gustarte —le aseguró él—. Pero supongo que tendrás que
averiguarlo por las malas.
—Es mi elección. No puedes decirme como tengo que vivir mi vida.
—No puedo, ¿eh?
—No, no puedes —insistió ella con firmeza— Y ahora me marcho. Me vuelvo a mi vida
y a mi trabajo.
—Y eso es todo lo que necesitas para ser feliz ¿no?
— ¡Eso es! Me alegro de que finalmente lo entiendas.
El esbozó una extraña sonrisa, fría y calculadora.
—Entiendo más de lo que crees. Bueno, ya que estás tan decidida a marcharte, aquí
tienes algo para que te lleves a Houston y a tu trabajo perfecto.
Se movió hacia delante y la atrajo contra él, doblándola sobre su brazo como en una
escena clásica de Hollywood. Soltó una carcajada maliciosa y la besó apasionadamente
hasta que Belinda sintió que se derretía en sus brazos y que el cuerpo le palpitaba al
entrar en contacto con su fuerza masculina. Cuando la soltó, estaba temblorosa y
jadeante, y Tom tuvo que sostenerla para que no se derrumbara.
Varios segundos más tarde, subió con dificultad a la furgoneta y consiguió meter la
llave en el contacto, vitoreada por los gritos de los niños.
—Apuesto a que le gustan las películas clásicas— dijo Kells alegremente.
— ¿No podéis guardar silencio? —espetó Belinda—. Tenemos que irnos. ¡Adiós, señor
Kaulitz!
Él se quitó el sombrero e hizo una reverencia burlona.
— ¡Au revoir, señorita Jessup! —se despidió.
Ella pisó con fuerza el acelerador y la furgoneta salió disparada hacia la verja. Tom se
quedó riendo. La pesca era una de sus aficiones favoritas, y aquél era el torneo de su
vida. Iba a conseguir aquel trofeo tan escurridizo. Necesitaría paciencia y fortaleza,
pero nunca le habían faltado esas dos cualidades.
Volvió a ponerse el sombrero y se dirigió silbando hacia el granero.
Las dos primeras semanas que Belinda pasó en Houston estuvieron dominadas por un
nuevo vacío en su vida. No había pensado en lo sola que estaría una vez que dejara a
los niños. Se había acostumbrado a ellos, y ahora se sentía como si hubiera abandonado
a su propia familia. Y además echaba terriblemente de menos a Tom. Acababa de salir
del juzgado tras una mañana particularmente difícil cuando casi se chocó con Kells al
pie de los escalones.
El muchacho le sonrió.
—Tengo algo que enseñarle —dijo, sacando un manojo de papeles.
Belinda los tomó, les echó un vistazo y soltó un gemido ahogado.
—Pero, Kells... ¡Esto es extraordinario!
El muchacho había obtenido un sobresaliente en Inglés, Matemáticas y Ciencias.
Kells seguía sonriendo.
—En casa creen que me he vuelto loco, porque lo único que hago es estudiar.
Simplemente, los ignoro cuando están bebiendo. Me encierro en mi habitación y me
refugio en los libros. No es tan duro. Sólo hay que estar motivado.
—Exacto, Kells. ¡Oh, qué orgullosa estoy de ti!—exclamó.
—Gracias —respondió él, visiblemente avergonzado—. ¿Se lo dirá al señor Kaulitz?
Belinda se puso seria.
—No he tenido noticias suyas.
—Podría escribirle —insistió él.
Sí, podría escribirle, pero no quería hacerlo.
—Supongo que sí, teniendo en cuenta lo contento que se pondrá por conocer tus notas
—suspiró—. Lo haré.
—Gracias, señorita Jessup. Y gracias también por creer en mí —añadió solemnemente—
. Nadie más lo ha hecho.
—Pues claro que creo en ti —dijo ella con una sonrisa—.Y también el señor Kaulitz.
—Eso es lo que me ha animado a intentarlo... Ese trabajo del próximo verano. Voy a trabajar muy duro, señorita Jessup. Voy a aprender todo lo que pueda antes de volver al rancho. Haré que el señor Kaulitz se sienta orgulloso de mí.
—Estoy segura de que lo harás.
—Tengo que irme. Estoy asistiendo a un curso español por las noches —añadió,
sorprendiéndola—. Lo hablan un par de mexicanos en el rancho ¿sabe? ¡Hasta la vista,
señorita Jessup!
Ella se despidió con la mano, maravillada por la ambición del muchacho. Pensar que sólo unos meses antes había estado a punto de acabar en prisión… ¿Cuántos chicos como Kells se quedaban en el camino porque no tenían a nadie que los animara y que creyera en ellos?
Se sentía muy bien consigo misma. Si conseguía sacar de la pobreza al menos a un
chico, su trabajo habría merecido la pena. ¿Por qué ese testarudo vaquero de Jacobsville
no podía comprenderlo?
Entonces recordó que Tom le había propuesto que trabajara en Jacobsville, y ella le
había respondido que no podría desempeñar un trabajo semejante en ningún otro lugar
que no fuera Houston.
Menuda estupidez... Por supuesto que podría trabajar en otra parte. Pero tenía miedo.
No quería enamorarse y casarse. Sólo quería depender de sí misma. No podía arriesgar
su corazón.
Caminó hasta su coche, invadida por una repentina tristeza. ¡Ojalá nunca hubiera
conocido Tom Kaulitz!
No fue facil ignorar la petición de Kells para escribirle una carta a Tom. Al final,
Belinda se vio obligada por su conciencia a mandarle una nota. Sólo fueron unas líneas
cordiales y puntuales, no demasiado íntimas, pero le costó veinte intentos antes de dar
con las palabras adecuadas. La envió por correo y esperó.
Pero la respuesta no llegó del modo que había esperado. Tras una sesión especialmente
larga con un cliente, subió las escaleras hasta su apartamento y se encontró con un
rostro familiar apoyado contra la pared, junto a su puerta. Llevaba un traje azul marino
y corbata, y su aspecto era más elegante y sofisticado que el de cualquier otro ranchero
que hubiera conocido.
— ¡Tom! —exclamó.
El se echó a reír y la tomó en sus brazos para besarla vorazmente en medio del rellano.
La gabardina, el maletín y el bolso de Belinda cayeron desperdigados por el suelo como
granos de arena mientras ella lo besaba a su vez. Fue entonces cuando se dio cuenta lo
mucho que lo había añorado.
—Por lo que veo, sí que me has echado de menos —murmuró él antes de volver a
besarla—. ¿Qué tal si cenamos?
—Me muero de hambre —dijo ella, sin aliento—. Pero no tengo nada para cocinar...
—Hay un restaurante muy agradable a poca distancia de aquí. He hecho una reserva —
dijo él—. Deja tus cosas y refréscate un poco.
Belinda no quería apartar los brazos de su cuello, y se echó a reír por lo que estaba
sintiendo.
—Me alegro tanto de volver a verte... —dijo, intentando comportarse con normalidad
mientras cogía las cosas del suelo.
—Y yo de verte a ti —respondió él con una sonrisa — Pareces cansada.
—Ha sido una semana muy dura —dijo ella, mirándolo a los ojos antes de introducir la
llave en la cerradura y abrir la puerta—. En realidad, han sido unas semanas muy duras
—añadió sinceramente.
—Lo sé.
Belinda dejó sus cosas en una silla y se volvió hacia él. Tom también parecía cansado.
Durante varios segundos, permaneció inmóvil, mirándolo. Él hizo lo mismo. Belinda
estaba preciosa con su vestido de color beige, zapatos de tacón y su melena rubia
ondulante.
— Si quieres cenar, tienes diez segundos para dejar de mirarme o tendré que hacer algo
al respecto—le advirtió.
Ella lo deseaba desesperadamente. Pero antes había cosas que aclarar, de modo que bajó
la mirada y esbozó una tímida sonrisa.
—De acuerdo —dijo—.Voy a asearme un poco.
Mientras ella se maquillaba y perfumaba, Tom observó el ordenador de su escritorio y
sonrió al ver el estuche de un CD con el dibujo de un perro.
—Veo que te has comprado una mascota —le dijo cuando ella volvió al salón.
Belinda vio a lo que se refería y se echó a reír.
—Me pareció muy lindo. Y lo es.
—Te lo dije. ¿Lista para salir?
Ella asintió y agarró el bolso.
Tom la detuvo en la puerta antes de abrir.
—¿Ese pintalabios se borra con facilidad? le preguntó con voz profunda.
—En teoría no respondió ella con un hilo de voz.
—Vamos a comprobarlo...
La atrajo hacia él y le clavó la mirada hasta que Belinda sintió cómo todo el cuerpo le
vibraba de emoción. Entonces se inclinó hacia ella a tomar posesión de sus labios.
El bolso de Belinda cayó al suelo por segunda vez y ella rodeó a Tom con los brazos
mientras él la besaba cada vez con más insistencia.
Estaba de puntillas cuando él se detuvo. Sus ojos cafeces, más brillantes que nunca,
miraban los suyos verdes con una mirada limpia y sincera.
Tom estaba tan serio que la expresión de su rostro la puso nerviosa.
—Dime que el trabajo significa más que yo para ti y me detendré ahora, antes de que esto
llegue más lejos —dijo él con voz hosca.
Belinda se estremeció sólo de pensarlo y respiró temblorosamente. —Han sido
semanas... —consiguió decir.
—Demonios, han sido años murmuró él, y de nuevo se inclinó para besarla. Pero esa vez
el beso fue fervientemente apasionado, y cuando levantó la cabeza ella estaba temblando.
—Si te vas, me iré contigo —dijo ella sin pensar, con el rostro encendido y los ojos
brillantes.
—Eso es lo que he venido a oír —murmuró él—. ¡Te ha costado mucho tiempo decirlo!
Ella se apretó contra él, quien la rodeó con los brazos. —Sigo teniendo miedo, Tom —
confesó en un débil susurro.
—Todo el mundo tiene miedo. No sólo de enamorarse, sino también de casarse y tener
hijos. .Son pasos cruciales en la vida. La gente que no teme darlos es la gente que acaba
divorciándose. Tienes que estar muy segura, pero aun así es un riesgo.
Ella permaneció un minuto en silencio.
Él volvió a abrazarla con fuerza.
—Llevo deseando correr ese riesgo desde que te vi por primera vez... Me he pasado
toda la vida esperando a una mujer con la que pudiera vivir ¡Y a ti ni siquiera te
gustaba!
Belinda se echó a reír.
—Sólo al principio —protestó.
— ¡Ja! Te resististe en todo momento —levantó cabeza y la miró fijamente—. A
Jacobsville le vendrá bien tener una abogada —afirmó—. En todas partes hay niños con
problemas.
Ella sonrió tristemente.
—Intentaba apartarme —confesó—. No podían soportar la idea de estar cerca de ti si...
bueno, si yo era la única que se sentía así.
— ¿Así cómo? —preguntó él con voz suave y sensual.
Ella se fijó en su corbata. Era azul con estampado de cachemira... muy bonita.
— ¿Así cómo? —insistió él, acariciándola en los costados con los pulgares.
Belinda apoyó la frente contra la suya y respiró hondo.
—Te quiero.
Hubo un largo e inquietante silencio. Ella levantó la cabeza con aprensión y lo miró a
los ojos que resplandecían de sentimiento. Pero apenas pudo verlos antes de que él los
cerrara y la levantara en sus brazos para volver a besarla. Belinda pudo oír cómo él le
repetía las mismas palabras en un susurro. Y entonces dejó de intentar oír nada, salvo
los latidos de su propio corazón.
Unos largos y frenéticos minutos más tarde, Tom contempló a Belinda, que yacía
pegada a él en el sofá, con el vestido desabrochado y el pelo alborotado.
Él también tenía la camisa abierta, hacía rato que no llevaba la corbata y sus dedos
jugueteaban perezosamente con la melena rubia que se esparcía sobre su pecho.
— ¡Íbamos a salir a cenar —le recordó ella.
—Al demonio con la comida. No tengo hambre.
— Pero yo sí —dijo ella, riendo—. Sobre todo ahora..
Él le pasó el dedo sobre el encaje del sujetador.
—Aguafiestas —murmuró—. Justo cuando empezaba a conocerte de verdad...
—Ella volvió a reírse y le aparto la mano para poder brocharse el vestido.
— Para de una vez —le ordenó en tono jocoso.
— ¿Que pare? ¡Si ni siquiera he empezado! —protestó él.
— Tendremos mucho tiempo para eso —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Quiero una
boda de blanco. ¿Te importa?
— Yo también quiero una boda de blanco —corroboró él con una sonrisa—. Una boda
con todo lo necesario. Testigos, padrinos, y mi sobrina llevará la cesta de las flores,
naturalmente —añadió riendo.
—Mi cuñada será la dama de honor —dijo ella, soltó una carcajada al imaginarse a
Marianne vestida para la ocasión.
—Será todo un acontecimiento —dijo él. —Luego criaremos ganado, tendremos hijos y
envejeceremos juntos.
Ella se apretó contra él, sintiendo el corazón henchido de alegría.
—Me encanta cómo suena eso.
—Y a mí. Pero envejeceremos muy lentamente si no te importa. Aún tengo mucha
pasión que dar...
—Ya me he dado cuenta —dijo ella en tono recatado.
Él la miró con atención.
— ¿En serio? —murmuró, recorriéndola sensualmente con la mirada.
—Te quiero —susurró ella.
—Y yo a ti —respondió él con una lenta sonrisa. Fue lo último que dijeron durante las
horas siguientes.
Tal y como Tom había predicho, la boda fue todo un acontecimiento en Jacobsville.
Acudió todo el mundo, incluido Cy Parks, vestido con esmoquin y portando un regalo
de bodas. Ward Jessup y una Marianne en avanzado estado de gestación también
estuvieron presentes, junto a Lillian, la tía de Marianne. Elysia Kaulitz Walter y su
marido, Bill, le dieron la bienvenida en la familia a Belinda, y su hija Crissy fue la
encargada de llevar la cesta de las flores. Belinda estaba preciosa con un traje blanco de
encaje con cola y velo. Llevaba un ramo de rosas blancas y no pudo contener las
lágrimas cuando su marido le levantó el delicado velo de encaje y la vio por primera
vez como su legítima esposa.
En el exterior de la iglesia, los vaqueros del rancho formaron un pasillo y arrojaron
confeti cuando la pareja feliz salió por la puerta. Uno de ellos acababa de graduarse en
el instituto y era el empleado más joven del rancho. Llevaba un sombrero, un pañuelo
rojo, una camisa de cambray y lucía una radiante sonrisa.., y su nombre era Edwards
Kells.
Los recién casados lo saludaron con la mano mientras marchaban hacia la limusina que
los llevaría al rancho, donde se cambiarían de ropa antes ir al banquete que Matt
Cadwell celebraba en su elegante mansión a las afueras de Jacobsville.
Una vez en el interior del vehículo, Tom contempló a Belinda con los ojos llenos de
Sentimiento.
—El mejor día de mi vida, señora Kaulitz.
—El mejor día de mi vida, señor Kaulitz —repitió ella.
Aquellas palabras expresaban su juramento de amor eterno y la promesa de un futuro

compartido lleno de felicidad.

HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL ... ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO ... BUENO AHORA SIGUE EL DOCTOR COLTRAIN .. NO SE SI SE ACUERDAN DE EL .. SALIO EN LA NOVELA PASADA "UN HOMBRE MUY ESPECIAL" .. ESPERO QUE SI PORQUE AHORA VIENE SU HISTORIA :D ... BUENO SIN MAS ME DESPIDO ... HASTA LA PROXIMA :))

AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: LUKE CRAIG
SERIE HOMBRES DE TAXAS :)

2 comentarios: