miércoles, 17 de agosto de 2016

DOS
Tom estaba echando humo cuando llegó a casa. No le gustaban nada sus nuevos
vecinos. Como si no fuera ya bastante malo haber perdido casi toda la cosecha por las
fuertes lluvias o que los precios del ganado estuvieran cayendo en picado por culpa de
una psicosis colectiva a una pandemia. A veces no merecía la pena ser ranchero, y se
preguntaba por qué no se habría dedicado a un oficio mejor pagado, como el de
fontanero. Era una locura quedarse en el rancho, aunque hubiera pertenecido a la
familia durante tres generaciones.
Arrojó el sombrero al sofá y se sentó en su gran butaca a ver las noticias. Hablaban del
incremento de la delincuencia juvenil y de las lagunas en el sistema judicial para
menores. Tom soltó u amarga carcajada. La misma historia de siempre.
Había vuelto a colocar las ocho combinaciones en la verja y había hablado con su amigo
del departamento de policía para que hiciera guardia dos noches a la semana.
Se permitió un momento para meditar sobre futuro del intruso si éste hubiera dejado
abierta la verja que comunicaba el campamento de las tierras de Cy Parks. Tom era
sociable incluso cuando estaba de mal humor. Pero Cy Parks tenía tan mal carácter que
a los repartidores había que pagarles el doble para que llevaran los envíos a su rancho.
Tom había pensado en hablar con él sobre el campamento, pero finalmente desistió. Cy
era nuevo en Jacobsville y no había hecho el menor intento por conocer a la gente del
pueblo. Corría el rumor de que su rancho de Wyoming había ardido y que él había
conseguido escapar con vida por los pelos. Le había comprado el terreno de Verde
Creek al viejo Sanders y estaba juntando una manada de Santa Gertrudis. Si ese Kells
hubiera estornudado sobre uno de esos carísimos toros... mejor no pensar en lo que Cy
le habría hecho. Tom tenía buen corazón, pero debía tomar medidas para proteger su
ganado. Por eso estaba pensando en contratar a un vigilante.
Había una pequeña cabaña junto a la valla, destinada a los hombres que trabajaban
durante los rodeos. Estaba a unos cuantos kilómetros del rancho y tenía todo lo
necesario: sillas, mesa, un catre, cocina e incluso teléfono. Tom le facilitaría al vigilante
unos prismáticos con infrarrojos para la visión nocturna. No escatimaría en medios para
impedir que se le volviera a escapar el ganado por culpa de una verja abierta.
A la mañana siguiente, fue a caballo hacia el pasto de los bueyes y comprobó que la
verja estaba cerrada. Pero los bueyes no estaban solos. Un joven larguirucho y de tez
oscura los estaba observando.
Tom espoleó su montura, algo que rara vez hacía, y se lanzó al galope hacia el
muchacho, que retrocedió con los ojos muy abiertos y las manos levantadas.
— ¡Aparte esa cosa de mí! —gritó—. ¡No deje que me dé un infarto!
El pánico en el rostro del muchacho fue toda una sorpresa para Tom, que tiró de las
riendas y se inclinó ligeramente en la silla para observar al nervioso joven.
—Qué demonios estás haciendo en mis tierras —le preguntó fríamente.
—Buscando..., buscando los chips —murmuró.
Era lo último que Tom esperaba oír. Se quedó dudando en la silla, y no fue consciente
del grito de Belinda ni de cómo saltaba sobre la verja cerrada tan frenéticamente que
casi se destrozó las botas y los elegantes vaqueros de marca.
— ¡No pasa nada! —gritó jadeante, colocándose delante de Kells—. ¡No le estaba
haciendo nada al ganado!
—Son bueyes —corrigió Kells.
Tom miró al muchacho con renovado interés.
— ¿Sabes algo de ganado?
—Ella me estaba enseñando —respondió él, apuntando con la cabeza hacia la mujer que
tenía delante—. Las diferencias entre los bueyes, las vaquillas y los terneros. Y me
explicó también lo de los chips bajo la piel.
La expresión huraña de Tom se había tornado franca curiosidad.
— ¿Te ha hablado de eso?
Él asintió.
— Quería ver los chips. No iba a hacer ningún daño—añadió con un ligero tono
agresivo.
Tom se echó a reír. Cabalgó hacia los bueyes, que se habían congregado junto a la
valla, y agarró el lazo. Lo lanzó con elegancia y atrapó fácilmente a uno de los bueyes. A
continuación, desmontó de la yegua y aferró con fuerza la cuerda mientras le hacía un
gesto a Kells.
— ¡Increíble! —exclamó el muchacho—. ¡Absolutamente increíble! ¿Cómo ha aprendido
a hacer eso?
Tom sonrió
—Años de práctica y unas cuantas mallugaduras —respondió. Acarició al buey tras las
orejas y el animal permaneció muy quieto—.Vamos, acércate. No es peligroso. Aquí sólo
tengo ganado descornado —palpó el cuello del animal y tocó un pequeño bulto—. Aquí
está el chip —dijo, tomando la oscura mano de Kells y colocándola sobre el punto—.
Durante muchos años me negué a emplear esta tecnología, pero al final acabé cediendo,
y he de admitir que facilita mucho el trabajo. Podemos guardar la información de toda
una manada en un solo chip y extraer la información en cuestión de segundos con un
escáner.
—No sabía que los rancheros los usaban con los bueyes —intervino Belinda.
—Normalmente no lo hacemos —corroboró él Pero esto es un experimento. He estado
leyendo sobre los nuevos métodos que emplea nuestra asociación de ganaderos. La
vasectomía, por ejemplo.
— ¿Qué es eso? —preguntó Kells.
—Un buey se crea castrando a un macho vacuno. Pero si se le practica una vasectomía,
el buey sigue produciendo testosterona, lo que puede ser la causa del rápido
crecimiento. Y al estar castrado, es mucho más fácil de manejar. Así se consigue un
porcentaje de peso similar al de los toros, pero con el esqueleto de un buey.
— ¿Y ese procedimiento no es muy caro? —preguntó Belinda.
—No mucho —respondió Tom con una sonrisa—. Lleva el mismo tiempo y lo hacemos
nosotros mismos, en vez de llamar a un veterinario. Pero aunque fuera más costoso, los
beneficios merecen la pena. Por eso estamos experimentando. Y como el animal
engorda sin necesidad de usar hormonas, también nos ahorramos un poco de dinero.
—Mi hermano dice que muchos consumidores tienen cada vez más miedo de esos
aditivos, como las hormonas del crecimiento y los antibióticos— dijo Belinda.
—Hay mercado para la carne orgánica, y al menos un ganadero que conozco la vende a
las cadenas de supermercados.
— ¿No es duro tener que matarlos? —preguntó Kells de repente, mientras tocaba el
cuello del animal
—Sí —respondió Tom—. Estoy en este negocio porque me gustan los animales, así que
acabo tomándoles cariño a las malditas bestias. Todas tienen su personalidad y todas
son diferentes. Intento no acercarme mucho al ganado, pero muchos toros me siguen
como si fueran perritos falderos, y tengo dos vacas Holstein que creen que son gatas.
Kells se echó a reír.
— ¿Lo dice en serio? ¿Qué es una Holstein?
—Son vacas lecheras... oye, ¿de verdad te interesa el ganado?
Kells se encogió de hombros y bajó la mirada hacia el buey.
—Nunca había visto el ganado —murmuró. Miró tímidamente a Tom y volvió a
apartar la mirada—. Me gusta. No era mi intención dejarlos sueltos. Sólo quería verlos
de cerca. Y cuando ella me habló de los chips... —puso una mueca—. Quería ver cómo
eran esas cosas.
Tom hizo un mohín con los labios, consciente de lo callada que se había quedado
Belinda.
— ¿Quieres venir a ver las Holsteins? —le preguntó a Kells.
El chico ahogó un gemido.
— ¿Lo dice en serio?
—Por supuesto. No hay nada que le guste más a un ganadero que presumir de lo que
hace —explicó, y casi se echó a reír al ver la expresión de Belinda.
Kells estaba fascinado.
— ¿Podría ver ese toro?
—Claro. ¿Por qué no?
— ¿No te da miedo esta cosa? —preguntó Kells apartándose de la gran yegua con
manchas negras
—Es muy dócil —aseguró Tom—. ¿Por qué tiene miedo de los caballos?
—Cuando vivía en NuevaYork, un poli a caballo intentó embestirme. Si no me hubiera
apartado me habría pisoteado.
Tom optó por no preguntarle a Kells qué había hecho para provocar al policía. Aún así
no había nada que justificara haber intentado embestir a un chico.
—Deberías haber hablado con las autoridades— dijo con voz cortante.
Kells se encogió de hombros.
—Nadie quiso hacer nada por mí, hasta que mi madre me llevó a Houston hace unos
meses y me metí en problemas al robar un reproductor de CD en una tienda. Ella... —
señaló a Belinda— me defendió y consiguió que el dueño de la tienda no presentara
cargos. Pero aun así me enviaron al centro de menores, porque sólo tenía dieciséis
años.
—Ahora los jurados son mucho más duros con los menores —explicó Belinda—.
Debido al incremento de la violencia en las ciudades.
—Entiendo —murmuró Tom, observando a Kells que seguía contemplando
ensimismado el ganado. Sintió cómo sus prejuicios hacia los jóvenes delincuentes
empezaban a desvanecerse. Era fácil mostrar intolerancia cuando no se conocía a las
personas. Kells le estaba haciendo ver tonalidades grisáceas donde antes sólo había
visto blanco y negro
— ¿Cuándo quieres que traiga a los chicos? —le preguntó Belinda.
— Este parece un buen momento —respondió Tom—. ¿Sabrás cómo encontrar el
rancho?
—Sí, lo he visto desde la carretera —dijo ella, y sonrió con sincera gratitud—. Gracias.
El se encogió de hombros.
—Sólo estoy siendo amable —repuso, y retiró el lazo del buey para recoger la cuerda.
Kells no se perdía ni un movimiento. Aquel chico tenía una mente rápida y unos dedos
ágiles, y de repente a Tom se le ocurrió una idea.
Había seis niños de los guetos de Houston en el grupo de Belinda, y sus edades
oscilaban desde los nueve hasta los catorce años. Kells era el mayor. El más joven era
Julio, un chico mexicano. Dos eran blancos y el resto eran negros, como Kells. Juanito
era un indio americano, aunque no decía cuál era su tribu. De hecho, apenas abría la
boca. Vivía con un tío y una tía a quienes no parecía importarles lo que hacía su sobrino.
Lo mismo pasaba con los otros, y por eso acababan en reformatorios y en centros de
menores. Para Belinda era muy importante que alguien se preocupara por ellos, los
ayudara a aumentar su autoestima y les hiciera enorgullecerse de sus razas y sus
historias. No se engañaba a sí misma pensando que podía cambiar el mundo. Pero tal
vez pudiera cambiar a una persona.
Llevó a los niños al rancho de Luke en la vieja y destartalada furgoneta que había
comprado para la ocasión. Estaba en buen estado, aunque su aspecto indicara lo
contrario. Pensó que podría pintarla, pero le parecía una pérdida de tiempo y dinero.
Al llegar al final de un largo y tortuoso camino de grava, vio a Tom esperándolos. La
casa era muy bonita, grande y blanca, con un porche muy acogedor. Había un establo y
un corral separados del jardín que la hermana de Tom había cuidado hasta que se casó,
y los pastos vallados se extendían hasta la carretera.
Belinda se bajó de la furgoneta y abrió la puerta lateral para que los niños pudieran
salir.
—Recordad que no podéis saltar las vallas, ¿de acuerdo? —les advirtió—. Los toros son
muy peligrosos e impredecibles. Si alguna vez habéis visto un rodeo, en persona o por
la televisión, sabréis a que me refiero.
—El señor Kaulitz dijo que su toro lo sigue a todas partes —le recordó Kells.
—Así es. Pero ese toro conoce al señor Kaulitz —replicó ella.
—Supongo —dijo Kells con una sonrisa.
Tom bajó los escalones del porche para recibirles, saludó a los niños y los condujo hacia
el granero.
— El rancho ha pertenecido a mi familia durante tres generaciones —les explicó—. Mi
abuelo empezó con ganado de cuernos largos y yo he acabado con Herefords. Casi
todos los rancheros tienen una raza favorita. Cy Parks, que vive por allí
—hizo un gesto en dirección al terreno que ocupaba el campamento—, cría Santa
Gertrudis de pura sangre. Uno de sus toros cuesta un millón de dólares.
Kells abrió los ojos como platos, pero enseguida su expresión se ensombreció.
—Vaya... Supongo que hay que ser rico para tener ganado, ¿no?
Tom le sonrió.
—La verdad es que no. Se puede empezar con un toro joven y unas cuantas vaquillas y
construir un rancho a partir de ahí. No es tan caro como crees.
Los ojos del muchacho volvieron a brillar, y entonces se fijó en el enorme toro Hereford
que estaba en el pasto junto al granero.
— ¡Oh, cielos, menudo animal!
Tom soltó una carcajada.
—Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad—dijo—. Pensaba que no había nada más
bonito en el mundo que un toro.
—No lo hay —corroboró Kells. Se encaramó al listón inferior de la alta valla de madera
y se abrazó al madero superior—. ¿No es fantástico?
—Se llama Shioh —le dijo Tom—. Lo crié desde que era un becerro, y ahora es uno de
los mayores sementales del condado. No doy abasto para atender las demandas. Hay
una lista de espera larguísima para que Shiloh fecunde a las vacas.
— ¿Tiene algún búfalo? —preguntó uno de los chicos.
Tom negó con la cabeza.
—Conozco un rancho o dos que tienen algunos, pero son muy peligrosos. Embisten a la
menor provocación, y pueden traspasar con facilidad una valla.
—Tienen búfalos en Yellowstone —dijo Juanito—. Vi una manada cuando mi tío nos
llevó al parque.
—Yo nunca he visto un búfalo —murmuró otro Chico.
Belinda les sonrió.
—Todos los estados del Oeste tenían manadas de búfalos, antes de que el hombre
blanco conquistara esas tierras y los exterminara.
— ¿Por qué lo hicieron? —quiso saber otro chico.
—Por codicia —respondió Tom—. Por pura y simple codicia. Querían el dinero que la
gente del Este y del extranjero estaba dispuesta a pagar por pieles de búfalo. Y también
ganaban mucho dinero organizando expediciones de caza. La gente se divertía matando
a centenares de búfalos en las praderas y dejando que se pudrieran al sol.
Belinda lo miró con curiosidad y sonrió. Eran espíritus afines. Ella también odiaba las
matanzas de búfalos.
Tom la miró mientras los chicos murmuraban entre ellos acerca del tamaño del toro.
Tenía un rostro muy bonito, pensó, y un gran corazón. Tenía que admitir que le
gustaba. Le sonrió lentamente y lo sorprendió y agradó ver cómo ella se ruborizaba.
Belinda tuvo que apartar la mirada. A lo largo de los años había tenido muchos novios,
pero no habían pasado de ser simples aventuras, O así había sido hasta Russell, quien le
entregó un anillo de compromiso y le juró que la amaba... para después fugarse con su
mejor amiga. Eso había ocurrido cuatro años atrás, y desde entonces no había vuelto a
fijarse en ningún hombre.
— ¿Qué pasa? —le preguntó Tom.
Ella contuvo la respiración.
—No... no pasa nada.
—Estabas pensando en algo doloroso. ¿De qué se trataba?
Belinda se removió, incómoda.
—Mi prometido se fue con mi mejor amiga.
—Vaya... —murmuró él, observándola atentamente—. Por eso no estás casada.
Supongo que no tendrás el menor deseo de volver a intentarlo.
—Ninguno en absoluto.
—Bienvenida al club.
— ¿Tú también? —le preguntó ella con voz suave observando su perfil.
El asintió bruscamente.
—Yo también. Me prometió que lo nuestro iba en serio, pero en cuanto salí en viaje de
negocios se llevó a un viejo novio al motel del pueblo —soltó una fría carcajada—. No
se puede hacer algo así en un pueblo tan pequeño y pretender que la gente no se entere.
Dos personas me lo contaron nada más bajarme del avión.
—Así es el mundo en el que vivimos —dijo ella tranquilamente—. La fidelidad ya no
significa nada.
El se volvió para mirarla.
—Para mí lo significa todo —declaró—. Seré un hombre anticuado, pero cuando doy
mi palabra, la mantengo.
Ella puso una mueca.
—Y yo —corroboró, pasando los dedos por la valla de madera—. Me dijo que era un
dinosaurio.
El arqueó una ceja interrogativamente.
—No quería acostarme con él porque no estábamos casados —explicó ella—. De modo
que se buscó a otra. No puedo culparlo —añadió, encogiéndose de hombros—. Quiero
decir.., todas las mujeres lo hacen.
—No todas —dijo él fríamente—. Hoy día la virtud es tan poco frecuente como
inestimable.
—Enséñame a un hombre virtuoso —lo retó ella.
—Sería difícil —admitió él—, aunque no imposible. He conocido a un par de hombres
que sienten lo mismo que tú. Pero los hombres no pueden quedarse embarazados... Las
mujeres sois las que dais a luz. Creo que cuando va a haber niños por medio, debería
haber un solo hombre y ya está.
Ella lo miró en silencio unos segundos.
—Tú también eres un dinosaurio.
— ¿Tienes un dinosaurio? —preguntó uno de los chicos.
—No seas tonto —espetó otro niño—. ¡Los dinosaurios ya no existen!
—He leído que los dinosaurios se convirtieron en pájaros —se aventuró otro.
Juanito sonrió por primera vez.
—Mi abuelo decía que se podía convertir en un pájaro siempre que quería. Y mi madre
decía que no era extraño que comiera como un pájaro.
Todo el mundo se echó a reír, lo que sirvió para romper el hielo. Tom les enseñó el
lugar a los niños, a los que se ganó con sus modales sencillos y amistosos. Los llevó al
granero donde dos becerros estaban siendo tratados de diarrea viral y una vaquilla por
una mordedura de serpiente.
—Se pondrán bien —les aseguró Tom, viendo cómo los niños miraban preocupados a
los animales—. Dentro de un par de días volverán a los pastos. Teníamos tres becerros
aquí, pero perdimos uno ayer.
— ¿Qué es la diarrea viral? —preguntó Kells.
—La diarrea viral bovina es una enfermedad por la que los becerros no pueden retener
nada en el estómago —explicó Tom—. Si no son tratados mueren sin remedio. El
veterinario los está medicando. Normalmente la medicación surte efecto, pero no
siempre.
—Supongo que usarás un caballo para guiar el ganado siguió Kells.
—Eso me temo. Aunque conocí a un hombre que usaba un todoterreno —añadió,
riendo.
— ¿Uno de esos vehículos con tracción a las cuatro ruedas como un enorme
cortacésped?
—Eso es. Un día chocó con un tocón y se fue de cabeza a la acequia. Según parece, al día
siguiente dio el todoterreno a su sobrino y volvió a usar caballos... Una acequia es una
zanja donde van a parar los desperdicios de los animales —explicó al ver la expresión
interrogativa de Kells.
El muchacho se dobló por la cintura con una fuerte carcajada.
— ¡No me extraña que se deshiciera de ese trasto! —suspiró—. Supongo que a mí también
me gustarían más los caballos.
—Desde luego que sí —le aseguró Tom—. Un caballo bien entrenado hará lo que le digas,
aunque he encontrado con algunos bastante indómitos.
Un vecino mío tenía un caballo de veinte años que mató a un hombre en la arena y a
punto estuvieron de sacrificarlo. Pero lo salvó.
—Debía de ser un buen hombre.
Tom negó con la cabeza.
—En absoluto. Es como una serpiente de cascabel, enroscada y al acecho, esperando que
alguien se acerque lo bastante —sonrió—. Casi todo el mundo lo evita.
— ¿Podemos volver a mirar el toro? —pregunto Kells.
—Claro, adelante.
Los chicos se marcharon corriendo en tropel, dejando a Tom y a Belinda junto a la
puerta de acero que contenía a los becerros.
—Ese vecino del que hablo vive al otro lado del campamento —le dijo él a Belinda—.
Harías bien en asegurarte de que nadie entre en su propiedad. Yo soy un hombre
razonable. El no.
—Lo tendré en cuenta —prometió ella.
El la observó abiertamente, examinándole con ojos entornados su suave rostro ovalado.
— ¿Te gusta tu trabajo?
—Me gustan los niños —respondió ella—. Especialmente los niños que necesitan algo
que la sociedad les niega —apuntó con la cabeza hacia los chicos—. No hay ningún mal
en ellos que no pueda solucionarse con un poco de amor y atención. Sólo quieren que
alguien se preocupe de ellos, y por eso hacen lo que sea para llamar la atención.
—Kells dice que robó un reproductor de CD.
Ella asintió.
—Pero no porque quisiera el aparato. El novio de su madre lo había molido a golpes esa
Mañana. Kells se estaba vengando de ella, por exponerlo a esos maltratos. Ese novio es
el motivo de que estén aquí. Vino en busca de ella, pero no quiere saber nada de Kells.
Ni tampoco su padre.
—Qué lástima.
—La idea que tiene el novio de la disciplina es un puñetazo en la mandíbula. Hice que
la oficina el fiscal lo investigara, pero la madre de Kells no hizo nada por defender a su
hijo. En realidad, le dijo al investigador que Kells se lo había buscado por ser
impertinente.
—Nadie pide que lo muelan a palos —dijo Tom, con un tanta vehemencia que Belinda
se giró y lo miró.
Su expresión era dura, pero se adivinaban trazos de dolor, y Belinda sintió un impulso
casi irrefrenable de tocarlo y hacer que esas arrugas de sufrimiento se relajaran.
Recordaba lo que él le había dicho sobre las palizas de su padre. Debía de haber
sido terrible ver cómo su madre era brutalmente maltratada y no ser capaz de
impedirlo. Por desgracia, era un caso muy frecuente en los círculos por los que ella se
movía.
Parecía haber muchas mujeres que toleraban el maltrato debido al miedo. Una clase de
miedo que los espectadores bienintencionados jamás podrían entender. Belinda
intentaba convencer a las victimas de que todo cambiaría en cuanto abandonaran sus
casas, pero esa circunstancia sólo se producía cuando una paliza las mandaba al
hospital o cuando el hombre hería, o a veces mataba, a uno de los hijos.
— ¿En qué piensas? —le preguntó Tom de repente.
Ella sonrió tristemente.
—En las mujeres que se niegan a recibir ayuda porque creen que seguirán mejor donde
están. Pensaba por qué no quieren abandonar a los hombres que les hacen daño.
—Porque tienen miedo —respondió él con voz cortante—. Todo el mundo dice: «salid
de ahí, toda irá bien» —soltó una amarga carcajada—. Una vez, después de que la
policía hubiera estado en mi casa, mi padre sostuvo un cuchillo de carnicero contra la
garganta de mi madre durante diez minutos, mientras le describía con todo detalle lo
que le haría a mi hermana, Elysia, si se atrevía volver a llamar a la policía.
—Santo Dios —murmuró ella con voz ahogada
—Y hablaba en serio —añadió él—. Dijo que si lo iban a meter en la cárcel entonces no
tenía nada que perder.
Belinda le puso una mano sobre la suya, rozándolo ligeramente.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso.
El giró la mano y le atrapó los dedos.
— ¿Por qué te hiciste abogada defensora?
Ella sonrió tristemente.
—Mi mejor amiga fue violada por su padrastro, y el abogado que la defendía estaba tan
agobiado de trabajo que no pudo hacer nada. Mi amiga se quedó destrozada cuando su
padrastro no tuvo que pagar por lo que había hecho. Y no pudo volver a casa, porque
su madre creía que se lo había inventado todo —sacudió débilmente la cabeza—. Fue
entonces cuando decidí que quería cambiar el mundo. Estudié Derecho y aquí estoy, a
pesar de lo mucho que mi hermano me insiste en que estoy perdiendo el tiempo.
Tom se echó a reír.
—Recuerdo muy bien a tu hermano —dijo—. Era el hombre de negocios más
despiadado que he conocido en mi vida.
—Sí, lo era. Su mujer lo cambió. Dejó de tener el corazón de piedra y ahora es mi
admirador número uno.
Él le clavó la mirada y sonrió lentamente.
—Tal vez, pero no es el único —murmuró. Se inclinó hacia ella y se detuvo
deliberadamente a un centímetro de su boca—. A mí también me gustas, señorita
abogada —le dijo, y entonces la besó.


HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL SEGUNDO CAPS .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA LUEGO :))

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