domingo, 21 de agosto de 2016

CUATRO-PENULTIMO
Durante los dos días siguientes, Belinda estuvo muy ocupada con el resto del grupo,
llevándolos a nadar y pescar. Eran como presos a los que de repente les hubieran
concedido la libertad, pudiendo disfrutar de la naturaleza que los rodeaba sin reglas ni
horarios que los agobiaran. Para ellos eran más que unas vacaciones; era una ventana a
un mundo nuevo. Con un poco de suerte, la experiencia quizá les sirviera para volver a
casa con nuevos objetivos y esperanzas.
Dos días después de la marcha de Kells, se subieron todos a la furgoneta y fueron al
rancho de Tom a ver cómo se las estaba arreglando el miembro mayor del grupo.
Apenas lo reconocieron. Llevaba botas nuevas, vaqueros, camisa y sombrero, y les
sonrió desde la valla del corral, mostrando unos dientes blancos y relucientes.
— ¡Eh! —los llamó, saltando al suelo y corriendo hacia ellos—. Señorita Jessup, esta
mañana monté a caballo... ¡y el señor Kaulitz me permitió echarle el lazo a un buey! El
caballo se llama Bandy y está entrenado para guiar al ganado, así que sólo hay que
sentarse en la silla y dejar que él lo haga todo. ¡Es un caballo muy inteligente!
—Bueno, está claro que el caballo se cree muy listo —interrumpió Tom, uniéndose al
grupo—. ¿Qué te parece mi nuevo vaquero? —le preguntó a Belinda—. Le queda bien esa
ropa, ¿verdad?
— Desde luego —respondió Belinda con una sonrisa. —Me gustaría tener una foto suya
vestido así.
—Esta mañana le saqué una —respondió él—. Así tendrá algo que enseñar
cuando vuelva a Houston.
—Voy a trabajar muy duro, señorita Jessup —dijo Kells, muy serio—. Más duro de lo que nunca he trabajado. Ahora que tengo un objetivo claro, la escuela no será tan horrible.
—Te voy a contar un secreto, Kells —dijo Tom—. La escuela también me resultaba
horrible a mí. Pero conseguí acabar los estudios, y lo mismo harás tú.
— Mi verdadero nombre es Ed dijo Kells tranquilamente. Pero nunca se lo digo a
nadie.
Tom sonrió.
— ¿Es así como quieres que te llame?
Kells dudó.
—¿Qué tal Eddie? Como Eddie Murphy. Me gusta mucho ese actor.
—A mí también me gusta Eddie Murphy —respondió Tom—. No me he perdido ni una
sola de sus películas.
—Yo lo vi una vez —intervino Belinda—. En Cancún, México, donde estaba de
vacaciones. Es tan agradable en persona como parece en pantalla.
— ¿Hablaste con él? —le preguntó Kells.
Ella negó con la cabeza.
—Era demasiado tímida.
Tom se apartó el sombrero de la cabeza y la miró atentamente.
—Con que tímida, ¿eh?
Ella lo miró con dureza.
— ¡Sí, tímida! ¡Y lo sigo siendo de vez en cuando.
El concentró la mirada en su boca.
— ¿Y ahora lo eres?
Belinda se puso colorada.
— ¿Crees que podríamos ver las vacas Holstein de las que hablaste el otro día?
—Claro que sí! —respondió él de inmediato. Kells, ¿podrías llevar a los niños al pasto y
explicarles por qué nos gusta tener Holsteins como vacas lecheras?
El joven esbozó una radiante sonrisa.
—Por supuesto, señor Kaulitz, Vamos chicos. Seguidme.
El grupo lo siguió, impresionado.
— ¿Por qué no puedo ir yo también? —preguntó Belinda.
—Porque para ti tengo otros planes, señorita Jessup —repuso él. La tomó de la mano y
la llevó hasta la casa.
— ¿Qué tipo de planes? —preguntó ella con suspicacia.
Él se detuvo y le dedicó una enigmática sonrisa. — ¿Tú qué crees? —le murmuró y se
acercó para rozarle la boca con sus labios, de modo que cuando habló ella pudo sentir
su fresco aliento a menta—. Estaba pensando en lo grande y cómodo que es el sofá del
salón...
Ella apenas podía respirar. El corazón le latía desbocado contra las costillas.
— O….—añadió él, levantando la cabeza—, podría estar pensando en algo más
inocente. ¿Por qué no vienes conmigo y lo averiguas?
Volvió a tirarle de la mano y ella lo siguió, justo cuando se había dicho a sí misma que
no iba a hacerlo.
Tom le hizo subir los escalones del porche y entrar en la casa. Estaba fresca y aireada,
con un mobiliario de tonalidades claras y cortinas blancas. La cocina era grande y
espaciosa, con muebles blancos y amarillos.
— Es muy bonita —dijo Belinda sin pensarlo, girándose sobre mí misma.
— ¿Sabes cocinar? —le preguntó él.
—Un poco. No se me da muy bien hacer dulces pero sí sé hacer galletas y panecillos.
—Yo también, cuando me pongo a ello —afirmó él. Se sentó junto a la mesa de la cocina
y cruzó las piernas—. ¿Sabes hacer café?
—El mejor —respondió ella con una sonrisa.
—Comprobémoslo.
Le señaló el armario que contenía el café, los filtros y la cafetera y se dispuso a ver cómo
se desenvolvía en la cocina.
—Hay pastel de chocolate ahí —dijo, señalando un inmenso recipiente—. Mi hermana
lo trajo ayer, Siempre intenta sobornarme cuando quiere algo.
— ¿Y qué quería?
—Alguien que hiciera de canguro —respondió. Tengo que quedarme con sus hijos para
que Bill y ella puedan ir a la ópera, en el Metropolitan Nueva York. Estarán toda la
noche fuera.
—Tienen que gustarte mucho los niños —observó ella.
—Me gustan más cuanto más viejo soy —dijo el— Cada vez pienso más en tener mis
propios hijos. Después de todo, alguien tendrá que heredar rancho cuando yo me haya
ido.
— ¿Y si a tus hijos no les gusta vivir en un rancho?
Tom puso una mueca de disgusto.
—Esa es una idea horrible.
—A muchas personas no les gustan los animales. Yo he conocido a unas cuantas.
—Y yo. Pero muy pocas.
—Podría darse el caso. ¿Qué harías entonces? ¿Qué pasaría con tus planes dinásticos?
—Supongo que se esfumarían con la brisa —dijo. Dejó caer el sombrero al suelo, junto a
la silla, y miró fijamente a Belinda hasta que ésta se sintió incómoda. El sonido de la
cafetera hirviendo rompió el tenso silencio—.Ven aquí.
Ella permaneció donde estaba, confundida. Los ojos cafés de Tom destellaron, y algo
en su expresión hizo que a Belinda le temblaran las rodillas. La estaba hipnotizando.
—He dicho que vengas —repitió suavemente en un sensual susurro.
Ella caminó hacia él, sintiendo en el corazón cada paso que daba. Aquello era una
locura. No conocía a aquel hombre. Se estaba dejando arrastrar a….
Él la agarró y tiró de ella hacia su regazo. Antes que Belinda pudiera articular palabra,
le había apoyado la cabeza contra su hombro y la estaba besando como si su vida
dependiera de ello.
Ella cedió a lo inevitable. Era un hombre fuerte y seguro, y cualquier mujer respondería
de la misma manera. Nunca se había dado cuenta de lo mucho que dos personas
podían intimar en tan poco tiempo.
Los brazos de Tom se contrajeron alrededor de ella. Pero entonces la soltó
repentinamente y se levantó. Tenía la expresión más dura que ella había visto en su
vida. El la agarró por los brazos y la miró fijamente a sus ojos verdes.
—Creo que deberíamos dejar que el café termine de hacerse —dijo con voz ronca—.
Vamos buscar a los niños.
—De acuerdo.
Lo siguió a la puerta, fijándose en sus movimientos mientras recogía el sombrero y se lo
volvía a colocar en la cabeza. Avanzaba delante de ella, manteniendo cierta distancia.
Belinda se sentía muy incómoda, y se preguntó si había sido demasiado tolerante al
querer complacerlo. Tal vez debería haberlo apartado, o haber protestado. Obviamente,
algo había hecho mal.
El abrió la puerta y ella se dispuso a salir, pero Tom le puso un brazo delante,
bloqueándole el paso.
—Me ha encantado —murmuró—. Pero tenemos que ir despacio. No me gustan las
aventuras pasajeras más que a ti.
—Oh... —fue lo único que pudo articular ella y mantuvo la vista fija en su brazo, en vez
de mirarlo a la cara.
El le hizo levantar el rostro con una mano en la barbilla.
—Si quisiera perderte de vista, te lo diría claramente —recalcó, y se inclinó para rozarle
ligeramente la boca con los labios—. Pero no puedes tragarte de golpe un postre exótico
—susurró—. Tienes que tomarte tu tiempo para saborearlo, paladearlo y hacer que
dure... —le mordisqueó suavemente el labio inferior—. ¿Y si fuera a verte a Houston
cuando acabe el campamento? Podríamos ir al teatro, al ballet, incluso a un rodeo, si
quieres. Mis gustos son muy flexibles. Me gusta todo.
—Y a mí —dijo ella con voz jadeante—. Me encanta la ópera.
—Entonces iremos un día a NuevaYork con Bill y Elysia y visitaremos el
Metropolitan Opera House.
—Sólo he estado una vez allí —dijo ella—. Me encantó.
—Es inolvidable corroboró él. El escenario y los efectos especiales son tan
formidables como la misma ópera.
Ella le pasó un dedo por la camisa.
—Me gustaría salir contigo.
—Entonces tengamos una cita —dijo él, y miró a los chicos, que parecían estar
recibiendo un sermón de Kells—. Aunque no será muy sencillo salir con toda esa pandilla,
ni siquiera al cine —añadió, riendo. —Acabarían con las existencias de palomitas.
—Supongo —dijo ella, tocándole el brazo. Le gustaba sentir su fuerza próxima a ella—.
Eres muy bueno con ellos, especialmente con Kells.
—Lo ha pasado muy mal en la vida. Igual que los demás, pero en él se nota más. ¿Sabes
que los chicos del barracón lo han aceptado enseguida? Uno de ellos me dijo que era
halagador tener a un joven pidiéndole información en vez de presumiendo de ella. Les
hace sentirse importante—puso una mueca con los labios—. Me pregunto si será
consciente del bien que puede hacer a los demás. Incluso a Cy Parks, quien odia a todo
el mundo.
—Está descubriendo que tiene virtudes que desconocía y que puede potenciar. Pero no
sé si habría llegado tan pronto a ese punto si tú no hubieras intervenido. Gracias, Tom.
El se limitó a encogerse de hombros.
—Yo también saldré beneficiado de su entusiasmo. Realmente le encanta el ganado.
Ella lo miró con atención.
—Y a ti también.
Tom sonrió.
—Cuando era niño, lo que más deseaba por encima de todo era convertirme en un
vaquero. Uno de nuestros vaqueros había sido una estrella del rodeo. Me sentaba con él
y le escuchaba hablar durante horas.
—Nosotros también teníamos un vaquero así el rancho de mi hermano —dijo ella—. A
Ward y mí nos gustaba mucho, hasta que tuvo una aventura con nuestra madre.
Tom frunció el ceño.
— ¿Qué?
Belinda suspiró.
—Será mejor que lo sepas... Nuestra madre era muy promiscua. Finalmente se marchó
con una de sus conquistas y nosotros tuvimos que quedarnos y soportar los
comentarios y cotilleos. Ravine es tan pequeño como Jacobsville, así que te podrás
imaginar cómo fue. Aunque para Ward fue mucho más duro que para mí.
—Hay muchos niños desgraciados en el mundo— comentó él.
—Ya me he dado cuenta de eso.
— ¿Por eso no pasas mucho tiempo en el rancho de tu hermano?
Belinda se echó a reír.
—No. La razón es porque su ama de llaves... perdon, ahora es su tía política. Lillian es una
casamentera. Un día trajo a su sobrina Marianne de Georgia con algún pretexto absurdo
y Ward se enamoró de ella. Se negaba a sentir nada, por lo que las cosas se pusieron
dificiles hasta que finalmente admitió que no podía vivir sin ella. Mariannee lo ha
cambiado. Ya no es el hombre duro y despiadado que era antes de casarse. Y Lillian,
viendo el éxito que había tenido con su jugada, se ha propuesto hacer lo mismo
conmigo —sonrió—. No me gustan los pretendientes que elige para mí, así que me
mantengo lejos del rancho.
— ¿Qué tipo de hombres te busca?
—Mecánicos grandes y rudos y cualquier chico de reparto que se acerque a menos de
un kilómetro del rancho.
Tom arqueó las cejas.
—No parece que estés tan desesperada...
—Gracias. ¿Por qué no le escribes a Lillian y lo cuentas?
El sonrió.
—Dame tiempo. Me ocuparé de ese problema de la forma más natural.
Ella se preguntó qué quería decir, pero no se sentía lo bastante segura para
preguntárselo. Sonrió y salió por la puerta.
En los días siguientes, Tom visitaba a menudo el campamento. A veces llevaba a Kells
y otras iba solo. Les enseñó a los niños a encender una hoguera, a poner trampas y a
vivir de la tierra.
—La gente de la ciudad dice que estas habilidades son anticuadas y que hoy día no
sirven para nada —les dijo al grupo después de haber encendido una pequeña
hoguera—. Pero ¿y si un día se acaba el petróleo y nos quedamos sin electricidad? La
comida congelada se echaría a perder. Los ordenadores no funcionarían y tampoco los
teléfonos. Los coches serían inservibles, las casas no tendrían calefacción ni aire
acondicionado... Los únicos que podrían sobrevivir serían aquéllos que puedan vivir de
la tierra.., suponiendo que aún quede algo de tierra sin urbanizar.
Juanito, el chico indio, tocó un montón de ramitas que Tom había reunido para alimentar el fuego.
—Mi tío dice lo mismo —dijo—. Pero él sabe poner trampas y encontrar aguas en
lugares secos. Sabe qué tipo de cactus pueden dar agua o servir de alimento, y sabe
cómo hacer fuego sin humo. El abuelo cabalgó junto a Jerónimo.
Los otros niños se quedaron impresionados.
—Pero aunque sepas hacer todas esas cosas, ¿qué se puede encontrar en la ciudad? —
preguntó uno de ellos—. ¿Qué vas a cazar en Houston?
— Chicas —respondió uno de los chicos mayores con una pícara sonrisa.
—Tiene razón —dijo Tom, asintiendo hacia el chico que había hecho la pregunta—. La
gente que vive en las ciudades es la que peor va a pasarlo si alguna vez sufrimos una
crisis energética. Recordad lo que pasó durante el último gran apagón en el oeste.
—Vi una película sobre eso. Fue horrible —dijo niño.
—Bueno, aún tenemos muchos dinosaurios enterrados por todas partes, así que no
creo que fuera a ser un problema muy grave —comentó Belinda.
Su comentario condujo a la inevitable pregunta de qué tenían que ver los dinosaurios
muertos con la energía, y durante varios minutos ella les explicó la evolución de los
derivados del petróleo mientras Tom la observaba y escuchaba atentamente.
Más tarde, cuando los niños se fueron a acostarse y él estaba listo para volver al rancho,
se detuvo con ella junto a la camioneta.
—Sabes hablar muy bien —la alabó.
—Gracias —dijo ella, sorprendida—. Algunos dirían que tengo la boca muy grande y
que no puedo mantenerla cerrada.
El le tomó la mano y se la llevó al pecho
—Me gusta cómo tratas a los niños —le dijo tranquilamente. —. Nunca te diriges a
ellos con desprecio ni los haces sentirse estúpidos por hacer preguntas.
—Eso intento —corroboró ella—. Sufrí ese desprecio en el colegio, y no me gustó.
—A mí tampoco —dijo él, pasándole el pulgar por sus uñas, cortas y cuidadas—.
Tienes unas manos muy bonitas
—Y tú también —respondió ella. Le gustaba la fuerza de sus manos y sentir cómo el
corazón daba un vuelco cada vez que la tocaba. Levantó mirada hacia él, intentando ver
su rostro a la débil luz que salia de la cabaña.
Tom se echó a reír.
—Estaba pensando en lo curiosa que es la vida —le dijo—. Creí que iba a volverme loco
cuando me enteré de que una lunática iba a montar un campamento de verano para
unos niños delincuentes justo al lado de mi rancho.
— Lo recuerdo —afirmó ella, riendo.
—Todo ha resultado sorprendente, sobre todo Kells —dijo, sacudiendo la cabeza—.
Menuda joya ha demostrado ser. Y ese Juanito, cuyo abuelo cabalgó junto a Jerónimo...
Son unos chicos muy interesantes, y no se parecen en nada a lo que había imaginado.
—Son únicos —dijo ella—. Pero por cada triunfo he tenido tres fracasos —añadió
tristemente—. Cuando empecé a trabajar como abogada, creía que todos esos chicos
tenían problemas por la situación que vivían en sus casas. Estaba equivocada. Muchos
de ellos tienen padres que los quieren y una familia numerosa que se preocupa por
ellos, pero no veían nada malo en robar, mentir o hacer daño a las personas. Uno de mis
acusados me atacó en mi despacho e intentó violarme.
Sintió cómo Tom se ponía rígido.
— ¿Qué te hizo?
—Oh, conozco unas cuantas técnicas de autodefensa —dijo ella, frivolizando sobre el
horror que había sentido en su momento—, Vi mi oportunidad y casi lo convierto en
eunuco. Pero aquello me enseñó una lección: algunos delincuentes juveniles no pueden
cambiar, y no importa lo mucho que te esfuerces por ayudarlos. Siempre habrá un
porcentaje que se sienta bien viviendo en contra de la ley.
—No me gusta la idea de que puedas ser atacada—murmuró él.
Ella sonrió.
—Me alegro. Pero ya no soy tan ingenua como antes. Nunca tengo sesiones a puerta
cerrada con ninguno de mis clientes. Y siempre cuento con la ayuda de una secretaria
muy eficiente —suspiro —Pero hay momentos en los que me siento inútil Como me pasó
con Kells en la comisaría. No sé lo que habría hecho si no hubieras sido capaz convencer
al señor Parks.
—Cy no es tan malo —dijo él—. Sólo tienes que hacerle frente. Es el tipo de hombre que
descarga, toda su furia contra cualquiera que le tenga miedo.
—Tú no le tuviste miedo.
Tom se encogió de hombros.
—Aprendí a una edad muy temprana que el miedo es el peor enemigo. Desde entonces,
no tengo miedo a casi nada.
—Eso he notado —dijo ella. Se inclinó hacia él y apoyó la mejilla contra su pecho,
sintiendo que la rodeaba con los brazos. Cerró los ojos y dejó que la sostuviera,
empapándose de los sonidos de la noche y de la cálida fuerza de su cuerpo
masculino—. Sólo me queda una semana aquí.
Volvió a sentir cómo se ponía rígido.
— ¿Una semana?
—Sí. Tengo casos que atender y mis vacaciones casi han terminado.
—No sabía que fuera tan pronto.
Ella abrió los ojos y vio cómo se apagaba la pálida la luz del horizonte. Los grillos
cantaban frenéticamente en la noche.
—Me lo he pasado tan bien que no quería estropearlo —confesó.
Los brazos de Tom la apretaron con fuerza.
—Lo mismo digo. Pero ya te he dicho que Houston no está tan lejos.
— Claro que no está lejos.
Ambos sabían que no era del todo cierto. La distancia era considerable, y Tom no podía
abandonar su rancho. Una relación a distancia sería muy complicada, aunque los dos
sabían que era lo unico que podrían tener.
— Supongo que no te gustaría trabajar en Jacobsville... —sugirió él.
Belinda dudó un momento.
—Eso estaría muy bien —dijo, pero se preguntó por qué aquella idea la hacía sentirse tan
incómoda.
Tom no sólo le estaba pidiendo que se trasladara a Jacobsville. Le estaba pidiendo un
futuro en común, y eso la aterrorizaba. Pensaba en el desastroso matrimonio de sus
padres. Ward había conseguido que el suyo con Marianne saliera adelante, pero Belinda
había estado mucho tiempo sola. No estaba lista para pensar en una vida compartida
con nadie.
—Tenemos un juzgado de menores —siguió él— Puede que no tengamos tantos casos
como tu Houston, pero estarías ocupada. A muchos chicos del pueblo les vendría bien
un buen abogado.
—En todas partes hay chicos con el mismo problema —dijo ella—. Pero Houston es mi
hogar. Allí tengo mi trabajo. No me sentiría cómoda empezando de cero en otro lugar, y
menos en un pueblo pequeño.
Tom permaneció inmóvil durante un rato, luego la apartó y dio un paso atrás.
—Tu trabajo es muy importante para ti, ¿verdad?
Sus palabras reflejaban una frialdad que Belinda no le había visto nunca. Pero no podía ceder ahora. Estaba luchando por su independencia.
—Bueno... sí, lo es. Siento que estoy empezando a hacer algo de provecho.
— ¿Es más importante de lo que podría ser el matrimonio?
—No he pensado mucho en el matrimonio —respondió ella sin dudarlo—. Me parece
una posibilidad muy lejana. No quiero atarme a nadie todavía.
Él la observó con ojos fríos y calculadores.
—Entonces sólo buscas una aventura.
Fue como recibir una pedrada entre los ojos. Belinda ni siquiera pudo encontrar las
palabras para expresar lo que sentía.
—No.... No quiero una aventura —balbuceó—. No tengo tiempo para eso. Tengo que
ocuparme sola de una cantidad de trabajo suficiente para tres personas.
Tom se apoyó contra el capó de la camioneta y siguió observándola.
—Otra cosa que aprendí muy pronto es que el trabajo no es tan importante como las
personas— dijo con voz gélida—. Jamás he antepuesto el trabajo a mi familia.
—Ward siempre lo hizo —replicó ella.
—Tú no eres tu hermano. Y has dicho que cambió desde que se casó.
—Sí, pero yo crecí aprendiendo que hay que darlo todo en el trabajo. Mi padre nos inculcó
esa clase de ética desde que éramos unos críos. ¿Crees que podrías cambiar? —frunció el
ceño. La conversación se le estaba yendo de las manos. Ya no estaba segura de lo
que creía. Se sentía atraída por Tom, pero él le estaba hablando como si quisiera que
renunciara a su trabajo y se quedara en casa todo el tiempo. Y eso era algo que ella
jamás podría hacer. Su trabajo era demasiado importante para ella, era casi sagrado.
Tenía una misión en la vida que no podía sacrificar para ponerse a lavar los platos y
barrer la casa.
—No estoy hecha para ser un ama de casa —dijo.
— ¿Nada de fregar sartenes ni cambiar pañales? —Belinda no estaba segura de ello, pero
sabía que él estaba siendo sarcástico.
—No lo sé —dijo al cabo de un minuto—. Estoy realizando un trabajo muy importante,
y no algo que pueda hacer cualquiera. Además, me gusta lo que hago. Tengo que sentir
que estoy contribuyendo con algo al mundo.
El giró la cabeza y miró hacia el horizonte sin decir nada. No había contado con eso. Se
estaba enamorando y sabía que lo mismo le pasaba a ella. Pero estaba claro que Belinda
no tenía previsto casarse y que tampoco quería una aventura. Eso solo les dejaba la
posibilidad de una amistad, cosa que para él no era suficiente.
—Nunca he perseguido la gloria —dijo finalmente—. Me dedico a la cría de ganado. Es
lo que me gusta hacer y con lo que me gano la vida. Pero siempre he pensado que algún
día sería un hombre de familia. Quiero tener hijos. Sería muy bueno con ellos, y
tendrían todas las cosas que a mi me faltaron en mi infancia, como el amor, la seguridad
de unos padres —se encogió de hombros—. Supongo que será un ideal anticuado en
este mundo, pero es lo que más quiero —suspiró y desvió la mirada hacia ella—.
Bueno.., me ha gustado teneros a ti y a los chicos aquí, a pesar de nuestro mal comienzo
—dijo con una sonrisa—.Y si vuelves el próximo verano, podrás traer otra vez a los
niños y yo les enseñaré más cosas del rancho. —Era tan amable y encantador... De repente
Belinda sintió que una puerta se cerraba. Tom iba a ser su amigo, su vecino
durante las vacaciones y nada más. Supo entonces que no habría ópera ni visitas de fin
de semana en Houston. Lo supo con la misma certeza que si él lo hubiera dicho en voz
alta.
Él asintió.
—Hasta la vista, entonces.
—Hasta la vista.
Belinda vio cómo se subía a la camioneta y se alejaba sin despedirse con la mano. Era
más que una puerta cerrada. Era el final de algo que podría haber sido maravilloso, y
que ella se había encargado de destrozar con unas pocas y frías palabras.
Cruzó los brazos al pecho y se preguntó por qué se sentía obligada a decir cosas en las
que ni siquiera creía. Decidió que se debía a su miedo. Tenía miedo de arriesgarse, de
casarse y acabar como sus padres. Ella no podría serle infiel a su marido y tampoco
creía que Tom pudiera serlo, pero había sido testigo de un matrimonio desgraciado y
estaba asustada.
Su trabajo le proporcionaba satisfacción y seguridad. Sabía que aquél era su camino,
mientras que el matrimonio sería un viaje largo y difícil a través, de un laberinto lleno
de peligros. Apenas conocía a Tom. ¿Y si el hombre que se mostraba en la superficie no
era real?
Se dio la vuelta y entró en la cabaña. Era inútil hacer conjeturas. Se sentía sola y vacía,
pero sabía que era lo mejor. Estaba demasiado insegura para dar el paso final con Tom.
El se merecía a alguien que supiera lo que ambos querían.

3 O MAS Y AGREGO EL FINAL ... HASTA PRONTO :))

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