sábado, 13 de agosto de 2016

UNO
Tom Kaulitz era ranchero y había superado todo tipo de problemas a lo largo de los años.
Había tenido que enfrentarse a la bajada de precios del ganado, al cierre de mercados, a
los crudos inviernos y a las malas cosechas que lo obligaban a comprar pienso en
abundancia. Pero el problema al que se enfrentaba ahora era completamente nuevo. Un
campamento de verano para niños pobres acababa de abrirse junto al rancho. En
comparación, la invasión del ejército mexicano de 1836 parecería un rebaño de
borregos.
Y para empeorarlo todo aún más, la monitora del campamento era una joven decidida,
temperamental y testaruda. Su nombre era Belinda Jessup.
Tom conocía a su hermano, Ward, por haberlo visto en las reuniones de la asociación
de ganaderos. Ward estaba más interesado en los pozos petrolíferos que en el ganado,
pero aún seguía siendo socio en varios grupos ganaderos. Belinda no se parecía casi
nada a su hermano, pero ambos compartían el mismo temperamento. No era fea, con el
pelo rubio oscuro, ojos verdes y personalidad extravertida. Tom no se explicaba
entonces por qué lo irritaba tanto.
A su hermana Elysia sí le gustaba mucho Belinda. Aunque Elysia acababa de casarse
con Walter, el padre de su pequeña Crissy, y no era extraño que en ese estado de dicha
nupcial le gustara todo el mundo. Pero Tom, que vivía solo por primera vez en muchos
años, estaba harto de cocinar y de contentarse con su única compañía. Y el proyecto de
Belinda lo irritaba todavía más.
Había sido un shock descubrir que el viejo Peterson le había vendido a una forastera la
finca del río próxima al rancho. Y también había sido muy repentino. No se había
colocado ningún letrero de venta en la carretera ni se había publicado ningún anuncio.
De un día para otro la finca había sido transformada en un campamento infantil,
provisto de pabellones, cabañas y un embarcadero. Los pastos de Tom colindaban con
el terreno, delimitados por una valla y una verja de acero con un candado. La misma
mañana en que llegaron los críos de la señorita Jessup, alguien forzó el candado abrió la
verja. Los vecinos habían llamado a la oficina del sheriff para quejarse de que los bueyes
Hereford de Tom estaban invadiendo los alrededores y la carretera.
Tom y sus hombres habían conseguido rodear al ganado y devolverlo al pasto vallado.
El candado fue repuesto con una cadena tan grande como la que sujetaba el ancla de un
buque y cerrado con combinaciones diferentes.
A la mañana siguiente, el ayudante del sheriff, volvió tras recibir las mismas protestas
por el ganado suelto. Tom fue a comprobar la verja y se encontró con los ocho cerrojos
en la hierba.
Era inevitable dirigirse a la fuente del problema. Belinda estaba preparando el programa
de ocio del día siguiente cuando oyó los cascos de un caballo que se acercaban a la
cabaña que utilizaba como oficina. Había oído lo del ganado suelto y temía recibir las
represalias.
Salió a enfrentarse con el problema de cara y se encontró con un hombre esbelto y
flexible, vestido con vaqueros, sombrero de ala ancha y unas botas con espuelas de
plata que hasta su hermano codiciaría.
A medida que se acercaba, Belinda pudo ver que era increíblemente atractivo, con una
espesa mata de pelo castaño y unos ojos cafeces. Su boca
era firme y su mandíbula recia y cuadrada, pero la expresión de su rostro podría cortar
el acero. Era obvio que se trataba de Tom Kaulitz. Había oído hablar de él en el pueblo,
aunque casi todos decían que era afable y amistoso.
Belinda levantó las dos manos antes de que él pudiera decir nada.
—Estamos dispuestos a pagar los daños. Sé quién es el culpable y ya he tenido unas
palabras muy serias con él.
El apoyó las manos en las caderas y la miró desde su imponente estatura.
—Si hubieran sido mis toros en vez los bueyes no estaríamos teniendo palabras,
señorita Jessup—dijo con voz profunda y cortante—. Estaría encerrada en la cárcel del
condado, junto a su banda de rateros.
— ¡Mi banda de...! —empezó ella—. Espere un momento, vaquero —masculló,
perdiendo la paciencia y la diplomacia en una sola respiración. —Esos chicos no tienen
nada, viven en la pobreza más miserable con unos padres que no los quieren. Muchos
han recibido palizas y maltratos y otros han sido adictos al alcohol y las droga algunos
incluso han estado en prisión. El mayor de todos apenas tiene diecisiete años, y no voy
contarle la clase de educación que han tenido. Organicé este campamento para
ofrecerles un atisbo de lo que podía ser una vida mejor. Los he traído aquí para que
aprendan que el mundo es algo más que tugurios de mala muerte, padres alcohólicos y
el ruido de los disparos cada noche.
El la observó con franca curiosidad, pero su expresión no delataba sus pensamientos.
— ¿Qué es usted, una especie de ONG?
—La verdad es que soy abogada en Houston y cobro una miseria —respondió ella—. En
verano me dedico a llevarme a los niños de camping, pero este año decidí comprar un
terreno y hacer un campamento.
Él asintió
—Justo al lado de mis pastos.
— Estamos en Texas —le recordó ella—. Tiene mucho espacio para su ganado. Yo sólo
quiero esta pequeña porción de tierra, y por eso la he comprado.
—Esa compra no le da derecho a dejar mi ganado suelto.
Belinda suspiró pesadamente.
— Tiene razón —admitió—,Y si no hubiera insistido traer a Kells conmigo, no habría
habido un problema. Lo siento.
— ¿Kells?
— El muchacho de diecisiete años —explicó ella—. Yo le defendí cuando lo detuvieron
por robar en una tienda. El mes pasado convencí al juez para que le diera una segunda
oportunidad y lo dejara, a mi cargo en vez de mandarlo a un centro de menores—puso
una mueca—. No hay cerradura que no pueda abrir. Si lo metieran en la cárcel, saldría
convertido en un especialista de cajas fuertes, con diploma y todo.
—Habiendo aprendido el oficio con los profesionales —murmuró él.
—Exacto —dijo ella, mirándolo con curiosidad— Se trata de tener conciencia social.
—Veo las noticias —replicó él—.Y estoy a favor de los reformatorios. Lo que no quiero
es tener uno junto a mi rancho.
—Lo mismo que dicen todos —dijo ella—. Siempre pasa lo mismo con las cosas
desagradables. Sí, vamos a tener un nuevo vertedero, pero no en el terreno que hay
junto al mío. Sí, vamos a instalar una incineradora, una depuradora, una fábrica pero no
junto a mis tierras.
—No puede culpar a la gente por querer proteger sus inversiones —señaló él—.Y yo
trabajo tan duramente como usted para ganarme la vida, señorita Jessup.
Ella sonrió.
—Sé un poco de ganado. Mi hermano se dedica ahora a las perforaciones petrolíferas,
pero aún tiene un millar de cabezas de Santa Gertrudis en su rancho de Ravine.
—Es originario de Oklahoma, ¿verdad?
—No, pero nuestra madre sí —puntualizó ella.— Aún tenemos parientes allí —
murmuró, sin añadir que no tenían ningún contacto con esos parientes ni con su madre,
quien los había abandonado para fugarse con un hombre casado.
—Conozco a su hermano —dijo él—. Siempre que puedo asisto a las convenciones de
ganaderos. Se casó hace unos años, ¿verdad?
—Sí, con una de las pocas mujeres que le gustan de verdad —respondió ella secamente,
y miró por encima de él al caballo blanco con manchas negras—. Bonita yegua.
—Tiene cuatro años —dijo él con una sonrisa—.Una Appaloosa. He criado a unas
cuantas.
—A mis chicos les encantaría montar a caballo —murmuró ella.
La expresión de Tom se endureció.
— ¿En serio? Hay un picadero a dos kilómetros del pueblo.., el rancho BarK de Stan.
—Lo sé. Ya he hablado con el propietario para las clases de equitación —dijo ella con
una sonrisa de satisfacción—. Le he frustrado sus planes, ¿eh, señor Kaulitz?
Tom desvió la mirada hacia las cabañas y vio cómo se movían las cortinas de una
ventana. Estaba seguro de que era el chico que ella había mencionado... Kells. Mantuvo
la vista fija en la ventana, pero las cortinas permanecieron inmóviles.
— Bonita mirada —murmuró ella—. ¿Cuánto tiempo le ha llevado perfeccionarla?
— Toda mi vida —respondió él. Se bajó más la visera del sombrero y la fulminó con la
mirada—. Se acabaron las puertas abiertas. Voy a poner a un hombre de guardia por la
noche. Es policía e irá armado.
— ¿Haría que dispararan a un niño por entrar en su propiedad?
—No —dijo fríamente—. Pero voy a cerciorarme de que comprenda lo serio que es esto.
No hace muchos años, dejar abierta una verja en Texas era razón suficiente para acabar
ahorcado.
—También lo era insultar a una dama —repuso ella.
Tom arqueó una ceja y su boca se torció en una sonrisa irónica. Ella se ruborizó y
apretó los puños a los costados.
—Le diré a Kells que su guardia de asalto está esperándolo en la verja.
—Y no es un guardia de asalto cualquiera —murmuró él—. Un hombre de familia con
seis hijos y diez nietos a quien no le compensa jugarse la vida por lo que le pagan.
Belinda tuvo la elegancia de parecer avergonzada.
—Lo siento.
—Lleva bastante tiempo del lado contrario a ley, ¿verdad? —le preguntó él—. Tal vez
debería pasar un poco de tiempo con las víctimas de esos criminales a los que defiende
y ampliar su visión del mundo.
El gemido ahogado de Belinda pudo oírse claramente por encima de la brisa que mecía
los árboles.
— ¡Ese comentario ha sobrado! —espetó—. No tiene ni idea de lo que hago...
— ¡Claro que tengo idea! —la cortó él—. Tuve que ver en un juicio cómo un ambicioso
abogado defensor acusaba a mi madre de haber pedido que un borracho lunático la
golpeara noche tras noche, provocándole dos abortos —sus ojos cafeces ardían por los
recuerdos—. Tuve que oírle decir que mi padre era la víctima de la familia, y no al
contrario. Por desgracia para él, había fotos en color de mi madre y mi hermana, muy
explícitas, que el jurado pudo ver —el odio que sentía por el sistema judicial se
adivinaba en todas sus palabras, llenas de rencor y amargura—. Lo condenaron a cinco
años, a pesar de toda la cháchara y argucias legales, pero no fue a tiempo de salvar a mi
madre. Había recibido tantas palizas en su vida que murió justo después de que a él lo
condenaran.
Belinda estaba conmocionada porque un desconocido le contara una historia tan
horrible sobre su familia. Y aún lo estaba más de que la hiciera sentir vagamente
culpable con la confesión.
— Lo siento —dijo sinceramente.
— ¿Lo siente? —la miró con frialdad de arriba y apartó la mirada—. Sí, lo siente por
cómo funciona el sistema legal, señorita Jessup. Lo siente tanto que ha traído a un
puñado de futuros delincuentes al campo, para mimarlos y agasajarlos para que se
convenzan aún más de que la sociedad tiene que compensarlos por la desgracia que les
ha tocado vivir... Podría escribir un libro entero sobre familias rotas y maltratos físicos,
pero nunca he forzado una cerradura ni he robado un coche ni le he disparado a nadie,
excepto durante la Tormenta del Desierto, cuando los reservistas fuimos llamados a
filas.
Ella retrocedió un paso.
—No es mi intención defender a criminales, señor Kaulitz, sino intentar impedir que se
conviertan en eso mismo.
— ¿Cómo? ¿Consintiéndoselo todo? Veremos cuánto tiempo pasa hasta que uno de
ellos le raje el cuello mientras duerme... Pero no se tome en serio lo que digo —añadió
en tono sarcástico—. Sé por experiencia que la gente obstinada tiene que aprender por
las malas.
—Tiene usted un margen de miras muy estrecho—replicó ella.
El la miró con desprecio. Sabía que estaba siendo muy duro, pero algo en ella lo
Provocaba.
—Apuesto que fue usted una niña muy querida, consentida y mimada, ¿verdad?
—Mi infancia no es asunto suyo —espetó ella, irritada.
Tom soltó una carcajada.
—La infancia de cualquier criminal es asunto mío. Esos pequeños asesinos, ladrones y
violadores no necesitan un poco de amor para ser buenas personas. Y sus víctimas
seguramente se merecen lo que les hacen, ¿verdad?
Belinda se quedó horrorizada.
— ¡Yo no he dicho eso!
—Es lo que piensan todos los bienintencionados como usted. Decían que mi madre
pedía que la maltratasen.
—¡Pues claro que su madre no pedía eso! —exclamó ella con una mueca de dolor.
— ¿En serio? El abogado defensor fue muy elocuente al respecto. Expuso docenas de
razones por las que mi madre disfrutaba cada vez que le destrozaban la cara.
—Sólo estaba haciendo su trabajo —arguyó ella—. Hasta el peor de los criminales tiene
derecho a un abogado.
—Naturalmente —repuso él—. Y todo abogado defensor tiene derecho a ganarse una
reputación por liberar al culpable.
— ¿Su padre quedó en libertad? —le preguntó ella
—El abogado convenció al comité de libertad condicional para que lo soltaran pronto. De
haber quedado libre, habría venido a descargar su ira contra mi hermana y contra mí,
pero murió en su celda por un ataque al corazón. Parece que Dios aún cree en la
justicia, aunque el sistema judicial haya olvidado el significado de esa palabra —dijo
girándose—. No haré que disparen al chico si vuelve a forzar la verja. Pero sí haré que
lo detengan y acusen en consecuencia —hizo una pausa y volvió a mirarla—. Ya no soy
un pobre chico de campo a merced del sistema. Puedo permitirme la ayuda legal que
quiera. Si mi ganado vuelve a escaparse, uno de sus chicos no volverá a la ciudad
cuando acabe el campamento. Y ésta es la única advertencia que voy a darle.
Volvió a montar en su montura y se alejó por donde había llegado, tan erguido en la
silla como un poste.
Belinda lo vio marcharse, invadida por un conflicto de emociones como el que nunca
había sentido en su vida. Era un hombre arisco y hostil, y se lo había ganado como
enemigo por culpa de Kells. Si no tenía cuidado y no vigilaba de cerca al chico, ella
misma conseguiría que lo metieran en la cárcel, cuando el único propósito de aquel
campamento era mantenerlo a él y a sus compañeros lejos de problemas.
Belinda estuvo preocupada durante toda la cena, consistente en perritos calientes y
patatas fritas. No le quitaba ojo de encima al joven desgarbado de color y pelo rizado
que estaba sentado ociosamente en la mesa, desmontando un reloj por puro
entretenimiento.
Kells era un chico muy difícil. Era extremadamente sensible respecto a su falta de
elegancia y aspecto, así como por sus antecedentes. Tenía cinco hermanos y hermanas
desperdigados por todo el país. Se había mudado a Texas con su madre y el novio de
ésta, pero el novio no lo quería y su madre no quiso discutir con él. Kells había robado
un reproductor de CD a propósito para volver con ella, y se llevó una brutal paliza del
novio. En su barrio había mucha gente con antecedentes delictivos, pero Kells parecía
tener una magia en los dedos y algo en sus modales que lo distinguían de sus
compañeros. Belinda había reconocido de inmediato ese potencial en él. Era la única
persona que creía en el muchacho. Había tenido que enfrentarse a su madre y a todo el
sistema judicial para que le permitieran llevárselo al campamento. Ahora tenía
diecisiete años y podría ir a la cárcel si lo detenían. Tal vez sólo lo había sacado de la
sartén para hacerlo caer en las brasas.
El joven se dio cuenta de que lo estaba mirando y levantó la mirada de sus ojos negros.
—Puedo arreglarlo —murmuró, cuando vio que ella miraba el reloj.
— Lo sé —dijo ella con una sonrisa—. Eres muy hábil con las manos. No creo haber
conocido nunca a nadie de tu edad que tenga esa facilidad para los mecanismos.
El apartó la mirada y se encogió de hombros, pero ella pudo sentir que su halago lo
había complacido.
— ¿Ese vaquero va a detenerme?
—Es un ranchero. Y fue su ganado el que dejaste suelto. Dos veces.
—Yo no he dejado ningún ganado suelto —dijo él con la cabeza gacha.
—Forzaste las cerraduras y abriste la verja. El ganado quedó libre.
Kells hizo un movimiento brusco con la cabeza.
—Nunca había visto vacas —murmuró.
—Son bueyes —corrigió ella.
El levantó la mirada, sorprendido.
— ¿Bueyes? ¿Qué diferencia hay?
—Las vacas son las madres de las terneras. Las vaquillas son terneras de dos años. Los
toros son sementales. Y los bueyes son toros castrados para dar carne.
Kells parecía ensimismado por el tema y perdió el interés por el reloj.
—Como en el supermercado... Carne picada todo eso.
—Sí, eso es —corroboró ella con una sonrisa.
— ¿Por qué los mantiene apartados del resto del ganado?
—Los toros no toleran a los bueyes, y las vacas arremeterían contra ellos para proteger a
sus terneros —explicó—. Además de eso es una cuestión de logística. Es más fácil tener
diferentes clases de ganado para trabajar con ellos y cuando hay que separarlos.
— ¿Trabajar con ellos?
Kells se echó a reír.
—Durante los rodeos. Dos veces al año se celebra un rodeo en el rancho. Uno en
primavera, cuando nacen los becerros, y otro en otoño, se los reúne para venderlos o
para seleccionar el ganado improductivo. Los becerros tienen que ser descornados,
marcados, vacunados, castrados en el caso de que vayan a ser ganado para carne, y
etiquetados.
El muchacho estaba realmente interesado. Belinda nunca le había visto una expresión
tan atenta.
— ¿Tienen nombres o algo?
— Tienen números, normalmente en las etiquetas de las orejas, pero a veces son
tatuados o incluso se les puede implantar un chip con sus datos bajo la piel para ser
leído con un escáner.
— ¡Estás de guasa!
— No, hablo en serio. Hoy día sigue habiendo ladrones de ganado.
— ¿Esos bueyes tenían chips?
— No lo sé —respondió, haciendo un mohín con los labios. —Podremos preguntárselo al
señor Kaulitz.
Kells puso una mueca.
—Oh, no querrá hablar conmigo —dijo—. Sé cómo es esta gente.
— ¿Y cómo es? —le preguntó ella tranquilamente.
—Racista —murmuró el chico.
Belinda sonrió.
— ¿Sabías que una cuarta parte de los vaqueros del oeste del siglo pasado eran negros?
— ¿De verdad?
—Los afroamericanos y los hispanos siguen siendo muy numerosos en los ranchos...
Desde luego lo son en el rancho de mi hermano. Y estoy segura de que has oído hablar
de la Novena y la Décima Caballería.., los Buffalo Soldiers. Y de las unidades Cincuenta
y seis y Cincuenta y siete de Infantería. Todos eran afroamericanos.
— ¿Quiere decir que los Buffalo Soldiers eran todos negros?
Ella asintió.
—Ostentaban el índice más alto de reenganche y el número más bajo de desertores de
todo el ejército.
Kells pareció hacerse más alto mientras ella hablaba.
—No nos dijeron anda de eso en clase de historia.
—La cosa está cambiando —dijo ella—. La historia de América está empezando a
incluir a paso lento pero seguro las contribuciones de todas las razas no sólo de los
blancos.
Los labios de Kells se curvaron en una sonrisa mientras sus largos dedos jugueteaban
con el reloj.
—Es usted muy simpática, señorita Jessup.
—Y tú también, Kells. No te preocupes por el señor Kaulitz. Todo va a salir bien.
—No lo sé murmuró el chico. Está claro que no nos quiere aquí.

—Oh, sí que nos quiere aquí —replicó ella—. ¡Pero él aún no lo sabe!


HOLA!!! NUEVA NOVELA ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

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